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lunes, enero 06, 2014

Llegó el 2014. Crisis y soberanía.



En efecto, llegó este año curioso, por sus resonancias históricas y por su pretensión de ser un año bisagra, en el sentido de querer ser el fiel donde la balanza de la crisis se incline hacia la recuperación, y por ser un año decisivo en el pulso soberanista catalán.

Me dirijo a la playa para charlar con mis dos viejos amigos futurólogos, muy entendidos, como es lógico que así sea por su dedicación, en estos asuntos.

- ¿Qué podemos decirte de la crisis, Rumbau? Creo que todo el mundo está de acuerdo en eso: los que se creen el cuento de la recuperación son los que sienten irrefrenables deseos de que les sigan estafando con la misma alegría de siempre. Ésta es la recuperación, la de los bancos y la de las cifras macro-económicas. Piensa que escuchar cuentos y creérselos es muy humano, sobre todo cuando las cosas están mal. Y las nanas son muy bien recibidas por quiénes están cansados. 

¡Caramba con Mercadal!, nunca lo había visto así…

- Pero todo eso es normal, los poderes son los poderes, y hoy los vientos soplan por la popa, lo cual no es malo en sí: la aceleración del tiempo acelera la historia y los procesos, y a más velocidad, más fuertes son los castañazos que se pegan los conductores. De modo que la próxima crisis está más cerca de lo que nos pensamos, como es lógico que ocurra. Y eso siempre despertará nuestro interés, por supuesto.

- Y del proceso catalanista ¿qué me decís?

Sigue contestando Mercadal, pues Bastides lleva ya una temporada más bien callado y meditabundo. Sin duda procesando visiones del futuro que le llegan a raudales.

- Buena pregunta… Pienso que la afirmación soberanista ha conectado con algo que es muy de esta época, o mejor dicho, de la época en la que nos estamos metiendo. Me refiero a esta fuerza de un extraño individualismo que algunos han dado en llamar Sujeto, cuando éste se empeña en querer salirse con la suya. Aquí nos alejamos del viejo nacionalismo de siempre, el que responde a afirmaciones de raíces colectivas siempre ancladas en el pasado y que se caracteriza por su voluntad de excluir las diferencias. El soberanismo catalán que está despuntando mira más hacia el futuro, incluso diría que quiere anclarse en él. Claro que lo viejo sigue pesando, y que hay tendencias retrógradas que sólo piensan en el pasado. Pero la determinación de inventarse un futuro distinto y propio es la gran característica de este nuevo catalanismo que se postula como sujeto político, lo cual encaja con una tendencia muy propia de nuestra época y a la que es muy difícil resistirse. De ahí el susto cotidiano que se están llevando los que creen en una España eterna  e indivisible. 

- ¿Pero tú crees, Mercadal, que no estamos ante el nacionalismo de toda la vida?...

- Sí y no. Yo diría que existe una base muy sustancial de viejo nacionalismo del tipo que desprecia e ignora lo español. Pero junto a él, despunta y parece llevar la delantera ese llamado “soberanismo” que es muy consciente de que sólo puede triunfar si acepta como principio de partida y de llegada la inclusión de lo diferente. Es decir, si acepta la alteridad en su seno. ¿Y qué mayor alteridad puede tener el catalanismo que lo español? Exquisita paradoja, desde luego, pues la condición indispensable para que la apuesta catalana tenga éxito es que acepte su doble condición española, algo que a muchos les va a costar lo suyo…

- Ya una vez dijisteis algo parecido, y me parece difícil por no decir utópico que el nacionalismo catalán acepte que su alteridad sustancial sea lo español, con todo lo que ello representa…

- Ya he dicho que era una paradoja, exquisita y difícil, pero fíjate que sólo así la apuesta catalanista encontrará la fuerza necesaria para que tenga éxito. Por de pronto, si no afirma su dualidad intrínseca española, pierde la mayoría social, es decir, la mitad automática de los votos. Pero es que además, sólo llegará a entusiasmar a las nuevas generaciones, a las de adentro y a las de afuera, si la apuesta es seria de verdad respecto al tema de la diversidad: es decir, el catalanismo como garantía de respeto de lo múltiple y de la diferencia. Si el soberanismo catalán se sustenta sobre estos principios, ten por seguro que arrasa en sus pretensiones. Por eso desde Madrid buscan despertar, con sus constantes provocaciones, al nacionalismo de siempre, que conocen muy bien y con el que es muy fácil lidiar…

- Leía el otro día un magnífico artículo de Antoni Puigverd en La Vanguardia, creo que se titulaba “Bajo los tilos”, en el que citaba a Gaziel con una célebre frase suya que dice que cuando el catalanismo se calienta, encoge, en el sentido de que pierde fuelle y base social. 

- Y tienen toda la razón del mundo Gaziel y Puigverd, por eso es tan importante que la respuesta a los ataques fogosos del centralismo no sean los típicos calentones centrados en los agravios comparativos recientes o pasados, que producen encogimiento, malos modos y separaciones, sino que sus reacciones deberían ser una apuesta rotunda por el futuro y por la diversidad, incluida la más difícil de todas, que es la referida a la alteridad más íntima de lo catalán: lo español. 

- Por eso decíais el otro día que el retorno de los toros en Cataluña sería una jugada maestra, ¿verdad? 

- En efecto, así es, aunque tanta sutiliza política no la veo hoy por hoy. 

- Muy difícil lo estáis poniendo, Mercadal…

- Lo veremos muy pronto, y de ahí el gran interés de la época que nos ha tocado vivir. Si el catalanismo se sustenta realmente sobre este llamado “soberanismo” de nuevo cuño, basado en el deseo de convertirse en un sujeto político que ancla sus referentes en el futuro y en el respeto absoluto a lo múltiple y a las diferencias, creo que acabará saliéndose con la suya. Si, por el contrario, sólo habita en él el viejo nacionalismo de siempre y se deja calentar como decía Gaziel por las grandes contiendas a las que deberá enfrentarse, puedes dar por seguro que terminará vencido y mal. 

- Pero eso iría en contra de vuestras predicciones de futuro, que veían a todas las Comunidades Autónomas del país auto-determinadas…

- No lo creo, sólo sería un retraso de algo que se acabará imponiendo por el peso de los hechos. ¡Tiempo al tiempo! La descomposición de España es una evidencia innegable, y lo que estamos viendo ahora es una aceleración súbita producida por la crisis y por determinados destellos visionarios de algunas personas adelantadas. Pero si fracasa el “proceso”, como lo llaman algunos, no significa que no vuelva a haber otro después, que seguramente se iniciaría en otro lugar del mapa, lo que daría un descanso al catalanismo y le permitiría madurar hacia posiciones más adelantadas…

Aturdido, decidí dejar la conversación en este punto, vencido por la extraña lógica de mis amigos futurólogos, para los que el tiempo parece serles tan amigo, ansioso como está en que todo vaya rápido y a lo loco, para regodeo de los mismos.

jueves, septiembre 22, 2011

En la cresta de los cambios

Foto del espectáculo "L'Immédiat" de Camille Boitel
Mis amigos futurólogos de la playa lo tienen muy claro: para ellos, estamos ya montados en “la gran cresta de los cambios”. Me lo decían el otro día mientras paseábamos por la playa, en un día de lleno casi total gracias al día soleado y a unas temperaturas más bien altas que invitaban al baño.

- Sí, Rumbau, grandes cambios se avecinan. Esta crisis que no acaba se está transformando en una “crisis” real, en el sentido de “catarsis fenomenológica de cambios”.

¡Caramba! Esos viejos cada día son más exquisitos.

- Pero no me negaréis que el dramatismo va en aumento.

- Claro, y eso no es nada, ya verás lo que nos espera.

- Os veo muy agoreros.

- En absoluto, siempre hemos considerado los cambios una necesidad y hay que verlos sobretodo desde una perspectiva evolutiva.

- Evolución que parece una involución…

- Por supuesto, ya sabes que la historia avanza con vaivenes de pasos unos hacia adelante y otros hacia atrás, aunque a veces ganan los que van hacia atrás…

- Pero bueno, ¿cómo veis el tema?

Bastides, que se había mantenido callado, dijo.

- Rumbau, es difícil practicar hoy la futurología, cuando en el día a día se viven ya los atisbos del futuro que intentamos anticipar. El avanzar de las olas históricas se parece al de las olas del mar: subimos cuando sube la ola, pero antes y después de la misma se baja a un profundo abismo. Hasta hace poco, lo menos que una ola de cambios podía durar era una generación entera. Hoy, se cuentan en años, lustros y, máximo, en decenios. De ahí esa pulsión generalizada, casi histérica, de querer estar siempre en la cresta de la ola: no queda otro remedio para evitar las caídas y las bajadas, antes y después de las subidas. Nuestra ilusión es que si estamos siempre arriba, podemos ver los paisajes, el horizonte, las direcciones, y olvidarnos así de los valles que rodean las crestas. Pero el caso es que nos encontramos en medio de una tempestad llena de olas de cambio que chocan entre si, con direcciones en absoluto coincidentes. Imposible por lo tanto de estar en la cresta de todas. Si te encaramas en una, las demás no tardarán en chocar contra ti y precipitarte al vacío. ¿Subir a todas a la vez? Eso sería lo propio, algo a todas luces irrealizable. Y sin embargo, es esto lo que intentamos hacer cada día en nuestras indagaciones sobre el futuro: subir a todas las olas de cambio y surfear por las crestas de las mismas, aunque esto nos obligue a cambiar constantemente de dirección.

- Muy bien explicado, Bastides –dice Mercadal con entusiasmo–, y lo de estar arriba sirve sobretodo para ver mejor. Ver lo que se está cociendo y hacia adónde vamos. Y aquí empiezan a aparecer algunas cosas claras: el grado de saturación de las interrelaciones en el mundo global empieza a cruzar umbrales críticos que obligan a ponerlo todo en cuestión y a replantearse no pocas cosas de esta vida. Todo ello nos lleva a una primera constatación: el hecho de estar viviendo un período de cambios civilizacionales tremendos, de los de largo alcance, sin duda.

- Pero los cambios van a peor, eso no me lo negaréis…

- Por supuesto, y el peligro es que no salgamos de las profundidades en las que nos estamos metiendo. Pero bien sabido es que lo que baja sube, tanto como lo que sube baja. Hoy es evidente que el sistema egoísta y amoral de la actual globalización capitalista es infumable e insostenible, por simples razones de inoperatividad, al mandar el planeta y la mayoría de la población a freir espárragos. La dirección es de bajada y parece que nadie puede detenerla. Y así será una temporada, pues por algo somos humanos, una especie que tiene por ley aprender a palos. Pero habrá reflujo. Fíjate que el modelo nos lo dan las élites que nos gobiernan y que se encaraman al vértice de la pirámide: todo vale para enriquecerse, no hay reglas válidas, el bien colectivo es un valor despreciable, la lucha es a muerte para llegar arriba o la ley del más fuerte. Con este modelo de “sálvese quén pueda”, vamos directo al caos y la sociedad se precipita a su desmoronamiento. Lo que sin duda despertará los instintos de supervivencia que responden a pulsiones inconscientes e incontrolables. Pero además, al ser la pirámide tan descaradamente amplia en su base, la dificultad de mantenerse en la cumbre es enorme sino imposible.

- Pero los poderes arriba son muy fuertes, y las inercias todavía más…

- Más peligrosas son las inercias que los poderes, desde luego.

- Entonces, para vosotros los movimientos de los Indignados y otros parecidos tienen un sentido y una dirección…

Imagen del espectáculo "Traversées" del
Théâtre de l’Entrouvert
- Dirección poca, sentido mucho. Son la reacción al modelo. Y cuando los sabios comentaristas de los periódicos les piden que ofrezcan alternativas, me pregunto quién es el guapo que sabe cómo se cambia un modelo que lleva siglos en marcha y que de pronto no funciona. Esos cambios no los provoca ningún partido ni movimiento en concreto, sino que suceden porque al cabo de muchas crisis y hecatombes, se imponen. Pero antes siempre hay quiénes lo anuncian o al menos lo sintomatizan. Los follones en Londres de este verano son pura mímesis colectiva del “campi qui pugui”, es decir, directamente inspirados en las leyes del neoliberalismo actual. Un artículo en el periódico lo explicaba muy bien el otro día. Fíjate lo complicado que lo tienen los políticos que representan a los poderes: amonestan el comportamiento salvaje y asocial de los insurrectos, cuando ellos mismos defienden dejar a las mayorías sin cojines sociales en los que guarecerse. La respuesta de los insurrectos anárquicos es: si ustedes preconizan el egoísmo salvaje de la ley del más fuerte, pues apliquémoslo sin tapujos y con franca energía: a robar supermercados o al primero que pasa por la calle.

- Eso explica el desconcierto general. Dicen los poderes: se acabó la fiesta, que mande el capital, y el que no tenga nada, burro por no tener. Por ejemplo, la imposición a Grecia de las draconianas reformas: se trata de sacrificar al más débil para salvar el sistema financiero europeo. Sacrificio para el bien común. Una idea bonita para un mundo bonito. Pero para el mundo del “sálvese quién pueda” y de la ley del más fuerte, es una razón difícil de tragar para los implicados.

- De todas formas, no me negaréis que la juerga que se ha vivido en el sur de Europa durante los últimos años ha sido nefasta y absolutamente insostenible.

- Eso también es verdad. Pero ha sido el típico engaño de las estafas piramidales. Convencer a la gente de que todos nos podemos enriquecer sin hacer nada, es decir, especulando con pisos y acciones, hasta que un día se descubre que ello es imposible, y la ilusión se rompe. Pero en el ínterin, los que han creado la burbuja se han hecho multimillonarios. Los bancos aquí tienen mucha responsabilidad, llevados de la mano de los especuladores financieros autodenominados “creativos”. Se derrumba el sistema, y a correr a salvar a los bancos, pues sin ellos nada se aguanta, pobrecitos, ellos que crearon la burbuja y que no dudarán en volver a las andadas, como se está comprobando.

- Pero bueno, entonces vuestros vaticinios son de que nos hallamos ante un gran cambio… ¿Pero qué cambio?

- Sí, un cambio civilizacional que deberá llevarnos a unas normas sociales y económicas de disintos signo, en las que el beneficio económico ya no será el único aliciente. Otros valores existen que piden a gritos reconocimiento y valoración objetiva, es deir, social y económica. Por ejemplo, la creatividad, las aportaciones positivas a la colectividad, la innovación en otros terrenos que no sean únicamente tecnológicos, empresariales o financieros, la entrega a servicios públicos de bien común, y otros por descubrir o aún por afirmarse. Y esto requiere un cambio de mentalidad enorme, es decir, tiene antes que desplomarse la vigente por reductora e insostenible. Y aquí está e peligro, pues cuesta mucho desengancharse de valores únicos. El reduccionismo, base de la imbecilidad, es una droga peor que la heroína. ¿De dónde te crees que han salido los fanatismos religiosos? Pura mímesis del monoteísmo fanático del capital para enfrentarse al mismo con un mínimo de condiciones, es decir, desde las mismas posturas reduccionistas de imbecilidad. Y sin embargo, nuestra visión a largo plazo nos indica que vamos por el buen camino, en el sentido contrario de bajar y bajar para poder luego subir con distintos rumbos. Por eso nuestra recomendación, hoy, es el ascetismo. La caída no hay quién la pare, pero no nos retiramos del ajetreado mundo, sino que permanecemos en él, con un objetivo: contemplar los cambios, para así meditar sobre ellos y crear los espacios suficientes de reflexión y distanciamiento.

- O sea, ejercéis de monjes urbanos…

- Llámalo como quieras. Y la playa de la Barceloneta es ideal para ello: en un oído, el ronroneo del oleaje que nos habla de los ritmos profundos y eternos de la mar; en el otro, los gritos y las histerias de la calle que llegan hasta la playa, como si fueran los estertores agonizantes de un mundo que se acaba.

Decido dejarlos en este punto, convencido de que estos dos sabios que pasean cada día por la playa dan más en el clavo de lo que pensamos.

miércoles, octubre 14, 2009

Regreso a la Barceloneta

(foto fpsurgeon)

















Mis obligaciones con respecto a los títeres, que me han tenido ocupado estos últimos meses con estrenos, funciones y viajes, han impedido que vea con regularidad a mis amigos de la playa, los adivinos de la Barceloneta. Decidí pues coger una bicicleta y acercarme al Club Natación Barcelona del que soy socio.

Me di cuenta de que ya habían inaugurado el Hotel Vela, causa de muchas protestas estéticas y ecológicas, y fue un placer meterme por las nuevas rampas que llevan a la parte trasera del hotel y ver desde allí el inmenso mamotreto construído por el arquitecto Bofill. Impresionaba verlo a ras de suelo. Igualmente me gustó la vista que se obtiene desde el hotel, una nueva perspectiva de la ciudad y de las playas de la Barceloneta. Y aunque doy la razón a los que se oponen al edificio, que incumple todas las leyes del buen gusto y de la costa española, las cuales impiden construir a menos de veinteycinco metros del mar, y por su falta de respeto hacia los socios del Club que le es vecino, debo confesar que me sentí como un niño ante un juguete nuevo, disfrutando de aquellas instalaciones recién estrenadas.

Encontré a mis amigos paseando por la arena mojada de la playa cerca del hotel, y me sumé a ellos, muy contento de saludarlos y de reanudar nuestras charlas sobre el presente y el futuro del mundo. Estaban como siempre muy joviales y animados a pesar de los más de setentaycinco años que ambos arrastraban consigo. Decía Mercadal:

- Rumbau, no sé por dónde habrás estado, pero por aquí las cosas siguen cambiando a unas velocidades de vértigo. Ya has visto el nuevo hotel, por el que sin duda pasarán celebridades del mundo entero, especialmente norteamericanas, dando aún más brillo y glamour a nuestra ciudad. Y por si no lo sabías, la crisis que hace uno o dos meses centraba todas las preocupaciones de la gente, ya ha empezado a desaparecer de los periódicos, que hablan de recuperación a diario, aunque nadie vea nada de nada por ninguna parte. Creo que aquí se ha efectuado un truco de los de magia de escenario, pues casi de un día para otro lo que estaba sobre la mesa dejó de estarlo, y no me extrañaría que un día de esos nos sacaran de la chistera nuevos conejos financieros ante nuestros ojos atónitos …

Reí con ganas la broma de Mercadal. Su amigo Bastides, muy serio, dijo:

- Tienes razón, Mercadal, ya sabía yo que eso de la crisis nos lo estaban vendiendo con demasiada alegría. Creo que todos han adivinado ya que la crisis es de esas que no acaban nunca, por lo que lo mejor es hacerla desaparecer, del mismo modo que el Guadiana hace con sus aguas, ocultándolas un trecho para dejarlas salir de nuevo cuando le viene en gana. La verdad es que habían llegado demasiado lejos con la multiplicación del dinero. Pero a la hora de buscar responsabilidades, ya has visto que no han pillado a nadie: los supuestos culpables siguen todos en sus puestos de combate, lo que demuestra que ellos mismos se lo han guisado y se lo han comido.

- Dicen que España será de los últimos países en salir a flote… -dije.

- Tonterías. Aquí unos cuantos deciden cuando y quiénes van a salir de la crisis y por lo visto ahora se las tienen con Zapatero que a pesar de sus esfuerzos de ortodoxia, ya sabes, rellenar los bancos con nuestro dinero y financiar a las empresas automovilísticas, no parece gustar a los mandamases. Como decía Mercadal, todo es un juego de ilusionismo. En este sentido, creo que el exministro Solbes sabía lo que se hacía al no hacer nada: ante una crisis que se presentaba como permanente, lo mejor es acostumbrarse a ella y dejarse de impostaciones melodramáticas. Algo que no casaba con el carácter de Zapatero, tan dado a los pequeños efectos mediáticos. Entonces, sus enemigos le urgían que hiciera cosas. Y cuando las ha empezado a hacer, le critican que las haga. Tonterías, Rumbau…

- Pero la crisis existe de verdad, ¿no? –les pregunto, sorprendido por sus palabras.

- Por Dios, claro que existe, pero hace ya muchos años que estamos en crisis o, al menos, así lo hemos visto nosotros, motivo por el que nos dedicamos a estudiar el Futuro buscando las alternativas al Presente.

En eso tenían toda la razón del mundo, pues desde que los conozco no han cesado de hablar de crisis y de transformaciones constantes de las sociedades.

- ¿Y seguís tan optimistas como siempre? –les pregunté.

- Sí y no. Es evidente que las cosas, aún yendo a mejor, van a peor. La globalización es un hecho incuestionable al que todos se van acostumbrando. El triunfo del capital como fuerza motora junto con la consolidación de los poderes económicos también parece irreversible hoy por hoy. Entretanto, el estado de guerra no decae y aunque a Obama le hayan dado el Nobel de la Paz, la belicosidad americana, bien defendida y auspiciada por todos los poderes mundiales, sigue tan campante en sus campañas de privatización guerrera. Y fíjate que China, la India, Brasil y la mayoría de los países emergentes, no hacen más que invertir en armamento. Por otro lado, las farmacéuticas han puesto a la OMS y a los estúpidos Estados de rodillas y parecen lanzadas a gobernar el mundo a base de pandemias y de vacunaciones masivas. El cuadro no puede ser más deprimente. Y sin embargo, algo nos dice que todo este entramado se está resquebrajando y se tambalea. Por suerte, lo novedoso todavía no es visible y así puede desarrollarse sin cortapisas inoportunas.

- ¿A qué refieres?

- A determinadas afirmaciones vitales que se producen por doquier y en los escenarios más recónditos e inesperados. Fíjate que no somos sociólogos sino futurólogos, y lo que digo, más que verlo, lo intuyo, todo hay que decirlo, pero las sensaciones son claras. Nosotros indagamos los acontecimientos mirando a la inversa: nos fijamos en las zonas y en los países de los que nadie habla, pues allí es dónde suceden las cosas interesantes. Piensa que los medios no están para informarnos sino para confundirnos. Y no es que tengan malas intenciones, pues todos son muy buenas personas, simplemente es que no pueden hacer otra cosa. ¿Lo entiendes?

- Más o menos… -le respondo, atónito por su planteamiento.

- Fíjate en José Tomás. ¿No lo ves como un síntoma claro de lo que te digo?

- ¿Pero qué tiene que ver José Tomás con lo que estamos hablando?

(José Tomás en la Monumental. Foto Guifré Miquel)

- ¿Acaso no es insólita una aparición como la suya, un genio tan inmenso de la tauromaquia, y además interesado en Barcelona? Ante las pretensiones prohibicionistas de nuestros políticos, la irrupción de este torero único puede dar al traste con sus políticas de embrutecimiento infantilizado de la población, pues no de otra manera se puede calificar la que se practica en nuestra ciudad. Y en los toros, el vacío de la muerte mostrado en toda su crudeza y con el arte de Tomás, es capaz de romper las filigranas bienpensantes de nuestros hipócritas moralistas.

¡Vaya con Bastides!, pensé. Me encantaba aquel viejo enardecido en la defensa de sus puntos de vista que ejercía siempre desde posiciones tan iconoclastas.

- Sí, Rumbau, el mundo está cambiando pero para verlo hay que cerrar los ojos a los aludes de información que nos llegan de todas partes. Fíjate que nosotros casi no miramos la tele y tampoco tenemos Internet, aunque sí leemos los periódicos al mediodía en el Casal de Viejos, por eso estamos en mejores condiciones de ver lo que otros no ven. ¿Lo entiendes?...

Tengo que confesar que sus razones me dejaron sin habla. Y viendo que ya era hora de irse retirando, me despedí de ellos prometiéndoles que acudiría sin falta en los días siguientes.