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jueves, noviembre 09, 2006

El no fotógrafo Albert Fortuny, fotógrafo de la no realidad.

¿Puede fotografiarse lo que no se ve, lo que se nota pero no se percibe, lo que sólo se huele, o la misma fugacidad del instante? Uno diría que no. Y sin embargo, mientras el literato debe construir con palabras la metáfora capaz de ilustrar el vacío, el fotógrafo puede ir directamente a la imagen alusiva, a la sugestión de las formas, de la luz, de unos colores.

Pero los cazadores de imágenes por lo general no buscan vacíos ni elipsis, sino contenidos y formas nítidas a las que referirse. Fijar la realidad, copiarla, mostrarla al público, publicitarla, tal parece ser la obsesión de las cámaras de hoy en día. Captar el momento importante, el detalle significativo, el gesto traicionero, la sorpresa del que es pescado in fraganti... Desdoblar la realidad, crear un tejido de imágenes capaz de substituir, reemplazar o tapar lo que tiene vida y se toca. Pero el silencio y la nada..., el vacío y la elipsis..., eso sólo lo buscan los que confunden la fotografía con la poesía. Yo los llamaría los “fotógrafos de la no realidad” o, simplemente, los “no fotógrafos”.

Albert Fortuny es uno de esos “no fotógrafos de la no realidad” empeñados en retratar lo que no se ve. Si le dices, ¿vamos a hacer fotos sobre fumar en pipa?, contesta, “sí, de acuerdo, pero sin que salga ningún fumador de pipas”. ¿Un libro sobre teatro? Vale, pero a los actores no se les verá la cara. ¿Uno de animales?, muy bien, pero no saldrán aninales. Y así podríamos seguir, buscando siempre la contraria de lo que se le pide.

Claro, un fotógrafo así necesita rodearse de temas, motivos o realidades que de alguna manera le permitan ese ir a la contra, destacando los aspectos más efímeros, inestables, volátiles y sutiles de la naturaleza, tanto la humana como la inanimada. ¿Y dónde se encuentran estos ingredientes? Pues en el teatro, la danza, el cante, el humilde bodegón, el azul del mar, o en el mismo humo...

De ahí salen los temas tratados por Fortuny, algunos de ellos explorados hasta la saciedad, como es el teatro, al que ha dedicado casi una vida entera. No es ninguna broma: su archivo es de los más completos de Barcelona, y por sus negativos de celuloide (pacientemente escaneados para su presentación digital) corre una parte importante del teatro catalán de los últimos treinta años.

Pero para retratar lo que no se ve, se necesitan retinas y objetivos de una calidad excepcional, pues la cámara común, mayormente digital usada en la actualidad, no sirve para lo que aquí importa. Claro, los entendidos y modernos dirán que nos dejemos de historias, y que nada hay como la tecnología más avanzada para buscar la imagen que uno desea. Y tienen razón. Pero el caso es que aquí no se trata de eso, sino de otra cosa, que no tiene nada que ver con lo evidente, sino precisamente con lo que no lo es. Ya pueden los promotores de lo nuevo sacar más y más modelos: nuestro fotógrafo siempre encontrará el No adecuado, la razón contraria a la razón más aplastante, la negación sistemática de lo que es obvio y evidente.

Hace años que conozco a este fotógrafo de los de antes, terco captador de vacíos e imágenes volátiles, obsesivo artesano de la cámara de objetivo y carrete, o de las de trípode y placa, aparatos caros y viejos, que hacen sonreir a los modernos pero que siguen proporcionando al entendido la calidad máxima de imagen. Entre su objetivo y el modelo, suele haber siempre una niebla de humo que distorsiona la realidad, humo que sale de la pipa que fuma, pues Albert Fortuny es de los que todavía se entretiene con esos antiguos artefactos de madera y de placer, que sirven para quemar tabaco y soñar despierto. Yo creo que en ese humo radica uno de los secretos más guardados por este artista fotógrafo: encontrar lo que se esconde destrás de esa cortina de humo. La levanta y aparece la realidad, pero él se dice: “no, no es eso, me están engañando, la cortina tapa otra cosa, y no pararé hasta decubrir lo que hay detrás de ella”. ¿Qué se esconde detras la cortina? Pues no se sabe. Y lo mismo se podría decir de los gestos, de las poses, de los pases de baile, del grito del cantaor, de la guitarra que vibra... ¿Qué hay que me esconden?, se pregunta él. Y eso que no ve es lo que pretende captar con la cámara. ¿Está borrosa la imagen? ¡Claro, a ver si por fin se ve alguna cosa clara!, contesta impertérrito nuestro hombre.

Fotógrafo metafísico, Albert Fortuny es un investigador místico de la nada, un poeta del clic, del celuloide y de la placa. Sus testarudez es proporcional al interés y a la calidad de su trabajo, que en los últimos años se ha prodigado de un modo casi vertiginoso, pues no es frecuente que los fotógrafos saquen libros uno tras otro, año tras año. Tras los dos magníficos sobre teatro, el fantástico sobre Fumar en Pipa, luego el de Flamenco, dónde las imágenes retratan el significado de los versos que se citan en las páginas, luego el catálogo sobre la Nada (Res, en catalán), de cielos, mares y humos, cuya exposición ha podido verse este verano en el Pueblo Español de Barcelona. Y ahora, el de Animales que estamos preparando...

¿Místico del ojo? ¿Pintor sin pinceles del clic? ¿“Flaneur” de correspondencias Rimbaudianas? El sonido visual de las vocales, la música de los colores, la escalera cromática de los microsegundos, los calores del horno apagado de la pipa, los espectros del deseo que emanan de los objetos... He aquí algunos de los posibles temas que surgen en sus catálogos y libros.

Los estudiosos han empezado a fijarse en su obra y los teóricos elucubran sobre las imágenes que retratan elipsis y ectoplasmas de la realidad. Una importante institución de Murcia le va a dedicar una exposición monográfica con un volumen escrito por doctos catedráticos y retóricos de la imagen. El mundo académico dirige de pronto su óptica hacia este fotógrafo de lo invisible, tal vez buscando lo que ellos tampoco encuentran en los libros y en las aulas de estudio. ¿Dónde está lo que retrata Albert Fortuny? ¿Qué esconden sus fotografías? ¿De qué van sus imágenes? ¿Qué nos oculta a nosotros, que somos unos profanos? Hay que hojear sus libros para saberlo, detenerse en las imágenes fijas, dejar que se muevan tras dejarlas en remojo dentro de la retina, estudiar las distancias y los espacios entre las formas, las diferencias de tono entre los colores, las relaciones, en fin, de lo que se ve, a ver si aparece en los entresijos y en las intersecciones algo por fin capaz de sorprendernos, incluso de maravillarnos. Y ya se sabe que la paciencia suele recompensar a los viajeros de largo recorrido.

Y es que Albert Fortuny es un fotógrafo de los de “largo recorrido”. Empezó como profesional en 1966 y todavía sigue en la brecha, paseando su Leika e ideando extraños bodegones en su estudio de la calle Princesa, entre focos y cortinas, obsesionado por el encuadre exacto. Sus exposiciones han sido muchas, en España y en otros países, y las últimas nos muestran su faceta más personal y madura: las fotografías de flamenco, los humos de la pipa, las vacías extensiones del mar...

Actualmente tiene una exposición abierta hasta el 10 de enero en la ciudad de Haro, La Rioja. Y para el mes de febrero, otra sobre teatro en Murcia, con la publicación del importante catálogo-libro antes citado. ¿Por qué no desplazarse a la capital murciana para la ocasión? Quién no conozca la ciudad, podrá gozar de uno de los mejores climas invernales de España y a la vez visitar esta magnífica ciudad levantina, y quién no conozca el mundo de Albert Fortuny, podrá bañarse en sus nadas, en sus gestos huidizos, en sus cantes mudos de flamenco y en sus sutilezas, y, si es usted una persona de posibles, comprar alguno de sus libros y catálogos. Sí, vale la pena acercarse a Murcia y visitar la futura exposición de este místico catalán del ojo. Yo, desde luego, iré.

lunes, octubre 02, 2006

La cámara digital o el doble ojo


Querido Bloguero, hace tiempo que quiero comentar unas reflexiones que me vienen en mente al ver a los turistas cámara en ristre disparando contra cualquier objeto, casa o monumento, susceptible de ser visto o por lo menos retenido.

Lo veo y me asombro, como todo el mundo, de lo que a todas luces parece una banalización del mirar, que se sustituye por obra y gracia de la óptica digital en un apretar botones mientras se pasa con indiferencia ante el objeto retratado.

En eso coincido con muchos analistas y personas normales de la calle, amén de sociólogos y filósofos, que opinan todos de igual modo: esta manía fotográfica de lo digital no es más que un perverso derivado del consumo, que banaliza todavía más el viaje y lo acaba de vaciar de cualquier sustancia. En eso estamos todos de acuerdo.

El asombro crece aún más cuando el que actúa con la cámara digital no es el vulgar turista, sino soy yo mismo, haciendo más o menos como los demás, sin darme cuenta de lo que hago, impulsado por idéntica compulsión retratista, para acumular luego fotos en el ordenador sin contención alguna.

Pero, ¿qué ocurre?, me pregunto, o mejor, ¿qué nos está ocurriendo? –pues pocos son los que escapan a estas inclinaciones de la vida moderna.

Mejor no hacer la pregunta a ningún fotógrafo profesional de los de antes, es decir, de los que trabajan todavía con celuloide, pues su respuesta suele acabar con apocalíticas afirmaciones de fin del mundo. Heroica especie en extinción, esos artistas de la fotografía mantienen en alto la calidad de la imagen a base de ingentes sacrificios y sufridos ataques de cólera.

Yo tengo una teoría que explica el fenómeno: la cámara digital es un segundo ojo que llevamos todavía en las manos, a la espera de poderlo llevar implantado ya sea en la frente, en la punta de la nariz, en el agujero del mentón, o en los mismos párpados de ambos ojos. Lo que los millones de turistas y usuarios hacen en la actualidad es empezar a acostumbrarse a la doble visión: mientras una piensa, mira y calibra, la otra fija y retiene. Al ser un entreno, un aprendizaje puro y simple, no importa lo que se retrata: lo que cuenta es la frecuencia de la fijación: cuántas más mejor, para así empezar a usar la memoria doble. Lo hacemos sin darnos cuenta, del mismo modo que aprendimos de niños a caminar sin saberlo, a hablar o a respirar. Ver y mirar se aprende del mismo modo.

Según esta teoría, cuántas más fotos se hagan y cuánta más indiferencia exista respecto a lo fotografiado, más se practica el ejercicio de la doble visión. Fíjense en el proceso: uno pasea, ve algo, algún detalle de ese algo le da indicaciones de que podría ser interesante, en vez de entretenernos en valorarlo, sacamos directamente la foto, nos hemos ahorrado tiempo y una atención superflua respecto a algo que quizás no merecía esta atención, y mientras sacamos la o las fotos, podemos seguir pensando en lo que llevábamos en la cabeza al ver el objeto, o charlando con quién nos acompaña, etc. ¿Qué ha pasado? Pues que hemos podido hacer dos cosas a la vez: mantener nuestra actividad mental o parlante mientras a la vez fijábamos imágenes que después, en el ordenador, podremos remirar en un tiempo corto. Hemos ganado intensidad de nuestro paseo y amplitud de nuestra percepción, más la posible utilización de las imágenes que nos parezcan interesantes o útiles para lo que sea.

Fíjate, querido bloguero, que según esta teoría, la orgía digital fotografiadora, además de ser una perversidad derivada del consumo (eso no hay quién lo discuta), es también un ejercitarse en la doble visión. ¿Os parece poco? Yo lo veo casi revolucionario –reconozco que es una actitud un poco postmoderna, pero no la veo equivocada.

Pues el ver doble es un primer paso al ser doble, y ser doble es un requisito para distanciarse de las cosas y de los problemas. La distancia del objeto de observación, indispensable para intervenir en él, exige indiferencia emocional respecto al mismo, es decir, capacidad de abstracción. Abstraerse del problema es alejarse del mismo, verlo con ojos fríos de matemático –o de turista fotográfico digital–, apartar las confusiones sentimentales que rodean el problema y ceñirse a los hechos, a las variables, a los condicionantes, a los contextos y a las circunstancias. Cómo al matemático, lo que nos importa no es la solución de “aquel” problema, sino la de todos los que se parecen a éste en concreto.

Por lo tanto, y para acabar ya con esta reflexión, cuando veamos a los turistas con sus cámaras digitales disparar sin ton ni son sobre todo lo que se le cruza –o cuando nosotros hagamos lo mismo visitando Roma, París, Reus o Londres–, no hay que alarmarse ni sentir mala conciencia: simplemente estamos aprendiendo a ver doble.