domingo, enero 27, 2019

El Cabrón



Foto de José M. Góme. Wikipedia, CC BY-SA 3.0.
Suelo cumplir con mi palabra. Al regresar al Zoo un par de días después de mi encuentro con el avestruz, me dirigí de inmediato a la jaula grande y abierta donde se encuentran las Cabras Hispánicas. Hay que decir que nos hallamos ante una de las instalaciones más logradas del Parque Zoológico de Barcelona, ​​por el ambiente escenográfico de rocas y desniveles que busca recrear el hábitat natural de estos simpáticos animales. Quizás un poco pequeño, el lugar, es verdad, una lástima para las propias bestias, pero ello nos asegura poderlas contemplar con relativa facilidad. Las he calificado de simpáticas porque realmente las cabras salvajes, más conocidas con el nombre científico de Capra pyrenaica hispanica, son unos animales muy próximos a nosotros, que se acercan a nuestras queridas ovejas, pero que tienen un carácter y unos regímenes de vida independientes y salvajes, a la vez que muestran una cierta cordialidad hacia nuestra especie.

¿Quién no ha visto alguna vez un rebaño de cabras domésticas vagabundear por los campos y los caminos, sin miedo a trepar por las rocas y por los precipicios más expuestos, comiendo sin parar las hierbas que encuentran? A diferencia de las ovejas, las cabras no suelen necesitar pastor, ya que van a su aire, quizás los acompaña un perro, necesitan espacio para correr y lo hacen, como decía Frank Sinatra, "a su manera". Cuando ven a un humano, no se asustan pero tampoco saltan de alegría, se quedan más o menos quietas, mirando fijamente al intruso o a la intrusa. El excursionista intenta entonces acercarse, sube por una cuesta, trepa por algunas piedras, cuando de repente, se detiene de golpe: ¡un macho imponente lo recibe erguido e inmóvil! Sus ojos te escrutan y los cuernos parecen hablar por sí solos. La barbilla le da unos atractivos pero también maliciosos aires mefistofélico, y el excursionista, de repente atemorizado en lo más profundo de su ser, hace la señal de la cruz y se vuelve con el rabo entre piernas, sin mirar atrás, pero listo para echar a correr al primer soplido que oiga. Con esta pequeña descripción he intentado mostrar la naturaleza de estos animales tan entrañables e independientes. Pero las cabras que había en el Zoo no eran de las más o menos domésticas, sino de las salvajes que campan libres por las montañas. Por suerte o por desgracia, permanecían encerradas en una jaula.

Busqué al macho que el otro día me había clavado la mirada y al cabo de un rato, lo descubrí sobre una roca, de espaldas, como si quisiera ignorarme. Lo reconocí por la barba, larga y un poco deshilachada, y por la cornamenta regia. Debería ser el jefe de la tribu, pensé. De repente, el chivo se volvió, bajó unos escalones de aquella falsa montaña y, a tan sólo un par de metros, me clavó los mismos ojos del otro día. Tenía los párpados medio entornados pero la mirada, fija, indicaba que el animal estaba pensando. ¿Pensando? ¿Era correcta aquella palabra? Comprendí que tenía que afinar mi vocabulario si quería seguir visitando el Zoo, teniendo en cuenta que aquí la mayoría de los animales parecen filósofos encerrados en una Facultad de Filosofía, al encontrarse siempre en actitud pensante, cuando la realidad es que simplemente están sin hacer nada, impedidos de moverse y por ello, quietos y pensativos.

El cabrón me escrutaba con esa cara de demonio que la tradición le ha dado, no sé muy bien por qué, ya que parece un animal bastante civilizado, aunque había algo de inquietante en su mirada. Era como si tuviera la capacidad de atravesar la máscara de mi rostro y adentrarse hacia las partes más ocultas de uno. También debo decir que su barba de chivo tenía un punto de impertinente, sobre todo si le adivinabas una especie de sonrisa irónica mientras mordisqueaba restos de comida. Pero lo que más impresionaba era la fijación de la mirada, intensa y acerba. De repente noté que los dos cerebros, el mío y el suyo, tenían mucho en común, como si hablaran lenguajes mudos idénticos. Mudos, sí, pero que en cualquier momento podían coger forma y transformarse en palabras oscuras e incomprensibles, pero elocuentes respecto a la temática. ¿Cuál? Poder, sexo, instintos... Pensé que me estaba dejando influir por la tradición y que en realidad sus palabras no tenían nada que ver con las truculencias de siempre. Pero en cambio, tenía la absoluta certeza de que me estaba hablando. ¿De qué? No lo llegué a comprender, pero las palabras volaban en mi percepción como las hojas invisibles de un árbol mudo que sin embargo lleva escrito en letras secretas su mensaje.

Finalmente me decidí y, procurando que nadie me escuchase, le dije:

- ¿Se está bien en el Parque?

- Relativamente -contestó en un catalán que parecía provenir de las regiones occidentales de la llamada Franja.- El comida no está mal, pero faltan las horas de salida. Teniendo el Parque de la Ciudadela al lado, no les costaría nada dejarnos pasear unas horas al día, y no hay que preocuparse, regresaríamos todos. ¿Qué podríamos hacer por la ciudad entre el tráfico? Además, si quieren, nos ponen un chip en la oreja y sanseacabó. Hay también otras reivindicaciones que deberíamos pactar con los compañeros del Parque, pero creo que esta es la principal. Sí, noto a faltar más apertura, y me extraña que una ciudad con tanta fama de tolerancia como es Barcelona, ​​anti-taurina por decreto, permita estos abusos hacia unos seres vivos como nosotros.

¡Caramba!, pensé. Este chivo se las sabe todas. En cierto modo, se anticipaba a ciertas predicciones de estudiosos sobre la evolución urbana, que dicen que en un futuro no muy lejano la gente incorporará a los animales en las ciudades. Esto sucederá cuando hayamos llegado a un cierto nivel de conciencia que nos incorpore definitivamente en el reino animal del que muchos piensan que hemos salido.

- ¿Y de los aquelarres, qué? -le pregunté a bocajarro.

El cabrón me miró y se dio la vuelta sin contestar. Pero la mirada que me había dirigido era bastante elocuente. Aquella bestia era más sabia y enigmática de lo que uno podía pensar. Definitivamente, me había hecho un amigo. Decidí dar media vuelta yo también y dejarlo tranquilo. De hecho, se había escondido detrás de una roca y no lo veía por ninguna parte. No sería la última vez que hablara con aquel demonio de macho cabrío...

Antes de dejar este capítulo con su bestia cornuda, quiero reflexionar en voz alta y decir que si en esta ocasión pude dialogar con el chivo, fue porque este se encontraba en cautiverio. Si lo hubiera encontrado en las altas montañas donde suele vivir, seguro que nunca habríamos mantenido este diálogo tan largo e interesante. Mmmm, pensé, ¿no será esta una de las características propias de los parques zoológicos: poder hablar con los animales que lo habitan?...

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