domingo, agosto 25, 2019

Serpientes


Boa Argentina. Wikipedia.


Aprovechando que ya estamos en la zona de los seres de sangre fría (ver el capítulo anterior sobre la Iguana), creo que es el momento indicado de centrarnos en las serpientes, estos animaluchos que tienen tan mala prensa y que durante la larga historia de las culturas humanas han sido objeto de poderosísimas proyecciones arquetípicas.

Basta con mirar cualquier diccionario de simbología y fijarse en la palabra "serpiente", para darnos cuenta de la tremenda carga simbólica que arrastran estos animales. De entrada, es importante recalcar el profundo sentido primigenio que siempre se les ha dado, al tener la mayoría de las cosmogonías existentes a la serpiente colocada en el origen del mundo y de los primeros dioses. Asociada a las Aguas del Caos, de la serpiente proviene del Huevo primigenio o simplemente vomita las primeras divinidades que acabarán sus días engullidas por la misma serpiente. Origen y fin del mundo, principio por tanto de vida y de muerte, de regeneración, de cambio y de mutación, se comprende que la encontremos enroscada en el bastón del caduceo, símbolo de la medicina, o que se la represente comiéndose su propia cola en la figura del uróboros, símbolo de la circularidad temporal y del eterno retorno. Para los psicoanalíticos modernos, representa la libido y los principios más básicos del instinto animal que nos conforma.

Uróboro como símbolo alquímico. Wikipedia.

Busco por entre las ventanas del Terrario del Zoo y finalmente la encuentro. En realidad, lo que encuentro es el nombre, ya que me cuesta descubrir dónde se esconde el ofidio. Por fin la veo en un rincón. Una especie de cuerda hecha de una piel adornada de preciosas simetrías de colores apagados que yace enroscada, aparentemente inmóvil. Pero cuando me fijo un poco, me doy cuenta de que en realidad su cuerpo grueso y plegado se infla y se desinfla, casi imperceptiblemente, como una especie de ensaimada que se dilata y se encoge. ¿Respira o sólo está haciendo la digestión? Todo es un misterio en el animal que contemplo. Su indiferencia respecto a nosotros, los que la observamos, es fantástica y desconcertante. A su lado, las iguanas son animales histéricos que no paran de bailar y de charlar con nosotros. Lentitud y sinuosidad. Y una majestad insondable, al menos en los ejemplares más grandes. Supongo que en su existencia diaria y salvaje deben mostrar más actividad, pero aquí encerrados en la jaula de cristal del Zoológico, manifiestan el más profundo desprecio hacia la civilización de los humanos, de la que siempre han sido simbólicos saboteadores.

Estos reptiles del suborden de los ofidios provienen de épocas inmemoriales, cuando todavía los mamíferos eran un proyecto a medias de los primeros sinápsidos, de donde salieron tanto los reptiles como nuestros más antiguos antepasados de sangre caliente. Los científicos fechan la aparición de los ofidios hacia el Cretáceo, en una época en la que ya había un buen muestrario de dinosaurios esparcidos por los continentes que comenzaban a separarse. ¡Qué maravilla sería dar un vistazo a aquellas épocas arcaicas, de plantas exuberantes y de animales que parecen surgidos de una imaginación enloquecida y truculenta, pero inagotable. Fíjense en la increíble variedad de formas que los resucitadores oficiales de especies extinguidas nos dibujan o incluso dan vida a través de simulaciones o de los efectos especiales: ¡son de una originalidad abrumadora! ¿Pero quién lo ha inventado todo esto?, me pregunto asustado. No es el dibujante que lee la morfología de los huesos u otros restos fósiles, sino la misma naturaleza, pletórica de creatividad, la que nos maravilla por la riqueza de una tal diversidad de formas y estilos de vida.

Ahora sabemos que todo ello es fruto de una agitada y competitiva combinatoria de los genes más aptos para imponerse y establecer nuevos rumbos de vida, a través de procesos complejísimos de interacción entre los mismos miembros de la especie, y con el entorno botánico, climatológico, geográfico y zoológico. Así la vida sobre el planeta y su expresión, la naturaleza, se ha ido desarrollando a través de millones de años, hasta llegar a la Cocacola, a los Cuatro-Cuatro Todo Terreno y al suculento negocio de los móviles y Smarphones. Cuando pensamos que esta fabulosa creatividad del Tiempo en mayúscula se ve hoy en día brutalmente escarnecida y saboteada por quien se supone es su máxima realización, el Ser Humano, no podemos más que lanzar un grito al cielo, tal es nuestra indignación. ¿Tan "poco animales" somos que no comprendemos que somos animales que procedemos y dependemos de los otros animales? Preguntas que muchos se deben hacer como yo pero que tienen poca respuesta.

Regresemos a las serpientes, y maravillémonos ante sus sistemas extraños de locomoción. Disponen de cuatro: el serpentín, hecho de movimientos ondulatorios que la hacen avanzar empujando las partes posteriores de cada una de las curvaturas; el rectilíneo, propio de las grandes serpientes de escamas abdominales que se aferran a la tierra y así avanzan como los gusanos; el acordeón, mediante contracciones y estiramientos de los músculos que lo rodean como un muelle; y el de lado, el menos común, propio de algunas serpientes del desierto, por el que levanta el cuerpo formando una espiral que se mueve de lado. Se dice que algunas de Asia y de Nueva Guinea incluso pueden volar. En realidad, lo que hacen es planear para dejarse caer con un buen aterrizaje. Claro, no tienen patas ni brazos, ni alas, ni plumas, ni orejas. Sí que tienen nariz, unos orificios para escuchar y una lengua bífida algo inquietante e impertinente. También algunas tienen veneno, que esconden detrás de los dientes, para inocularlo cuando muerden a su víctima.

Encantadores de serpientes del siglo XIX, en Marruecos. Wikipedia.

Los encantadores de serpientes saben mucho de estas cosas: parece ser que les extraen el veneno para poder jugar con ellas. Qué trabajo más arquetípico es el de los que profesan este oficio, sin duda uno de los más antiguos del mundo: con su flauta, encantan nuestra libido profunda, representada por la serpiente, como actualmente se encargan de hacer la publicidad y los discursos políticos, que nos quieren bien sometidos a los hechizos del consumo y de la obediencia. Tenemos por suerte las serpientes siempre a mano, para recordarnos que tal vez la música nos puede amansar a veces, pero que los principios de vida son tan insondables y indómitos como lo son estas sierpes de sangre fría y movimientos rápidos. Sí, por mucho que se las quiera domesticar, mantienen la distancia y una indiferencia absoluta.

Las tenemos en el Parque Zoológico para podernos inspirar y aprender de sus sutiles y refinadas  emociones, aunque cuesta verlas en acción, como antes he dicho. Pero quizás todavía es más útil observarlas en su estado de quietud, inmersas en profundidades insondables de pensamiento. Y es que a pesar de tener un cerebro en la zona de la cabeza, se diría que su inteligencia y su sensibilidad se esparcen y se identifican con el cuerpo entero, lo que justifica la lentitud de sus movimientos.

Muchas culturas han asociado las serpientes a las artes de la adivinación, como los mismos griegos. Sabido es que Apolo tuvo que matar a la serpiente Pitón para apoderarse de su sabiduría y presidir así el Oráculo. De ahí la palabra Pitonisa, la encargada de emitir el oráculo. Por otra parte, la palabra Delfos proviene de Delfine, que era el nombre del dragón mitológico que guardaba el Oráculo antes de la llegada de Apolo. Más tarde se le puso el nombre de Pitón, lo que indica que eran de hecho la misma divinidad.

Podemos decir, por lo tanto, que la serpiente habla y ha hablado a lo largo de la Historia más de lo que nos podemos imaginar, aunque lo hace con palabras herméticas y casi siempre referidas al futuro, mediante un procedimiento de transmisión mental o telepatía, por regla general a través de una pitonisa o de un intermediario capaz de captar sus ideas. Esta especialización a adivinar el futuro convierte a estos animales en francamente útiles para nuestra época, tan inmersos como estamos en el riesgo y la indeterminación. Tener una serpiente en casa y aprender a captar sus predicciones nos puede ayudar mucho a la hora de saber si hay o no que salir con paraguas, si tenemos que viajar en avión, tren o por carretera, o si nos hemos de creer a tal o que vendedor de maravillas. Creo que el futuro reservará a estos animales un lugar destacado en la topología global de nuestra breve e indispensable convivencia con los animales. Cada uno tendrá a su serpiente en casa, bien enroscada en su rincón, paseará por el jardín y por la noche vendrá a hablar contigo cuando te sientes en el sillón para descansar o cuando te tumbes en la cama para ver en la oscuridad las imágenes del devenir. Entonces se acercará a tu oreja y palabra a palabra, irá desgranando las complejas imágenes del destino de cada uno, nunca claras pero sí concisas y bien vestidas de múltiples significaciones, de modo que cuando la desazón nos apriete, podamos adaptarlas a las necesidades de cada momento.

Como puede verse, una gran responsabilidad es la que les espera de estos animaluchos milenarios que arrastran una exuberante carga simbólica que en muchas culturas antiguas se asociaba a la muerte, por lo que muchos romanos, como explica Ovidio, creían que la espina dorsal de las personas se convertía en serpiente dentro del sepulcro.

Esta ambigüedad de animal asociado a la muerte pero también a la vida, a la adivinación y a un sinfín de capacidades mágicas y curativas, hace que veamos a la serpiente con una mezcla de maravilla y de circunspección. Se trata de un ser que hipnotiza y despierta el éxtasis a sus víctimas, antes de clavarle la dentellada. Se entiende que cuando contemplaba los diferentes ejemplares que viven en el Terrario del Zoo de Barcelona, los mirara con una cierta aprensión, consciente de que detrás de aquella inmovilidad aparente -la mayoría permanecían en la conocida posición de cuerda enroscada- escondían particularidades ocultas y misteriosas, pero que a la vez las viera  con la excitación de intuir sus poderosas aplicaciones simbólicas de futuro.

Pensé entonces que tantas simbologías asociadas a los inquilinos del Zoo otorgan a las sierpes unas características de seres que habitan en el mundo exterior, por supuesto, pero también en el mundo interior de nuestras imaginaciones inconscientes. Es decir, ver el espectáculo de los animales que nos rodean es también dar un vistazo a las profundidades abismales del psiquismo humano, que como es sabido se caracteriza por su capacidad de reflexión o de mirarse a sí mismo . De alguna manera, la entrada al Zoo abarata y ahorra a sus usuarios la necesidad de ir al psicoanalista, algo realmente positivo en mi opinión. Aquí sí que podríamos hablar de "inconsciente colectivo", el constituido por la fauna entera del planeta, nosotros incluidos, es decir, el constituido por el conjunto de otras formas posibles de crecer y ser. Dicho en otras palabras, los 'alocados sueños genéticos de nuestras células '...

viernes, julio 26, 2019

La Iguana


Iguana Verde. Wikipedia. Cy [CC BY 3.0]

Impresionado aún por las imágenes de los bisontes, con sus jorobas peludas y sus siluetas que nos transportan a épocas antiquísimas de la humanidad, tropiezo con un cartel que dice ‘Terrario’. Hum, pienso, aquí debe hacer más calor, y con ganas de protegerme un poco del frío (esta visita se hizo en invierno), entro en un recinto oscuro, húmedo y cálido. De repente, me siento transportado a una geografía tropical, tanto por el olor, que nos hace pensar en una atmósfera putrefacta de selva, como por la acústica, ya que unos altavoces escondidos emiten una banda sonora de pájaros y chillidos selváticos. También noto enseguida la picadura de algún mosquito...

Veo un pasillo y, a ambos lados, una serie de vitrinas donde algunos niños y papás se detienen para observar su interior. Me acerco a una de las ventanas y, asombrado, veo un animal que parece salido de un agujero del tiempo. ¿Pero qué es esto?, me pregunto. Miro arriba y leo: Iguana Negra, América Central. ¡Una iguana! Ya no me acordaba de estos animales que son unos de los más extraños y curiosos que hay en la Tierra. ¿De qué época proceden?... Pregunta que se explica por su estampa arcaica, digna de figurar en un diccionario de bestias inventadas por ilustradores neogóticos amantes de la ciencia ficción. Son reales, sin embargo, y coexisten con nosotros, arrastran con sus cuerpos millones de años de historia del Planeta. Realmente, ¡qué reliquia de nuestra escalera evolutiva es este tipo de lagarto con cresta que parece un dragón, de piel arrugada como si llevara un traje viejo que le viene grande, capaz de llegar a los dos metros de longitud y de vivir hasta los 40 años!

Busco en las enciclopedias y me entero de que en toda Latinoamérica, la Iguana es un animal codiciado por la buena calidad de la carne y por el exotismo de la piel: constituye un plato regional de los más sofisticados en algunos países, y su cacería, prohibida en muchos lugares, los ha puesto en peligro de extinción. Y no sólo peligran por la cacería: cada vez disponen de menos hábitats adecuados para vivir, debido a la urbanización y a la deforestación galopante de estos países. ¿Tan importante es la iguana?, preguntarán algunos escépticos. Yo creo que sí. Unos animales tan antiguos, salvajes y tranquilos, que pueden convivir con los humanos y con otros compañeros de Reino (gatos, perros, monos, gallos...), que muestran un talante abstraído, distante y pacífico, independientes y concentrados en su mundo, no hay duda de que constituyen un modelo de comportamiento de lo más interesante e inspirador.

De hecho, en muchos hogares de la clase media americana la Iguana se ha convertido en un animal de compañía o "pet" estándar. El problema es que la mayoría viven encerrados en pisos y rodeados de niños mal educados y otros "pets" de lo más impertinentes que les hacen la vida imposible. Parece ser que cuando empiezan a crecer -ya se ha dicho antes que las iguanas pueden llegar a medir hasta dos metros-, devienen seres engorrosos que ocupan demasiado lugar, de modo que sus deshumanizados "papis" acaban lanzándolos a las cloacas o abandonándolos en cualquier esquina -esto si antes no lo han despachado de un tiro y se la han zampado.

Creo que la iguana, como el asno, la tortuga o el mismo cabrón, es un inmejorable animal de compañía, pero para una época futura de la humanidad, no en las actuales condiciones de estupidización masiva de las poblaciones. Su función básica será suministrar a los compañeros de convivencia sofisticados modelos de embeleso, de concentración y de lentitud vital, sobre la base de una emotividad finísima propia de los animales de sangre fría. Se le puede considerar también como un clásico catalizador para la práctica meditativa que busca la conciencia del tiempo: la iguana, por su condición de fósil vivo de las primeras etapas de la evolución, es una imagen arquetípica del tiempo que pasa y no pasa, tiempo que deja su huella en los cuerpos de seres que nacen y mueren a lo largo de los siglos, cuya piel muestra los rastros de su surcar los milenios. Desde el punto de vista meditativo, la iguana nos habla también del vacío esencial lleno de todo: su legendaria inmovilidad se puede romper en cualquier momento por un gesto o un movimiento rápido y enérgico lleno de vitalidad. Su mirada, asimismo, que parece perdida en los espacios de la memoria genética del Tiempo, está cargada de una extraña potencialidad siempre a punto de explotar. En este sentido, responde a unos mecanismos que tienen que ver con los movimientos telúricos de la tierra, sísmicos y volcánicos, de los que nunca se sabe cuándo se pondrán en acción.

Trazas y arrugas convierten a la iguana en un exotismo filosófico que nos mira con los ojos húmedos de los saurios. Bajo su capa de piel arrugada y todoterreno, ¿qué pensarán? Poca cosa, seguramente, pero la profundidad de esta "poca cosa" debe ser abismal. Conseguir hablar con una iguana, se entiende que en su condición no libre sino de cautiverio, que es cuando los animales hablan, debe ser una de las experiencias más apasionantes del futuro que nos espera. Debido al vidrio grueso que nos separa de ellas, en el Terrario no pude establecer ninguna conversación digna de este nombre, más allá del buen día y del adiós muy buenas. Más que hablar, tal vez se trate de aprender a pensar como ellas...

Saurios... También nuestro querido lagarto pertenece al suborden de los saurios, a pesar de no tener los vistosos atributos de arcaísmo que tienen los iguánidos. Nuestra lagartija mediterránea no es lo suficientemente exótica como para merecer una residencia en los zoológicos. Y, sin embargo, contemplarlas mientras toman el sol por la mañana, medio dormidas aún, es una de las experiencias más placenteras y extrañas que tenemos los que nos gustan estas cosas. Las veo encima de una piedra cambiando repentinamente de posición, y se diría que son segmentos de la piedra que han tomado vida y se mueven empujados por el calor del día. La finísima cola les da además una tonalidad grácil y sutil, de refinada elegancia. Tienen los reptiles, por su proximidad con el suelo sobre el que se mueven, una apariencia exterior que parece hecha de piedra, arena y pigmentos minerales. Debe tratarse de un efecto de mimetismo con el entorno, que los pinta con los colores y la textura apropiada para sentirse cómodos. Es lógico que estos animaluchos, que deben ser de los primeros que emergieron de los mares y empezaron a arrastrarse por el suelo, se hayan reflejado profundamente en su hábitat, como más adelante hicieron algunos que empezaron a trepar por los árboles y por las hojas adquiriendo el color verde. Cocodrilos, tortugas, lagartos, camaleones, iguanas... Los saurios, silenciosos y ectotérmicos, son, por lo general, una familia de animales fríos y distantes, pero entrañable para los humanos -salvo los cocodrilos, que a más de alguna señorita y señorito se han tragado-. Quizás no tienen muy buena prensa, pero los entendidos en animalidad conocen de sobra los valores silenciosos y más bien ocultos, por no decir ocultistas, de estas bestias, ¡que además cazan mosquitos! Para nosotros, unos vecinos a los que se les puede dejar la puerta abierta.

martes, julio 23, 2019

Los bóvidos


Acuarela de Gustave Moreau: El rapto de Europa (L'enlevement d'Europe), ca. 1869.


Hemos hablado de dignidad en el capítulo anterior de Animalia. Una palabra importante cuando tratamos con animales. En efecto, en la relación entre los humanos y los demás compañeros de Reino, creo que la palabra dignidad ocupa un lugar esencial.

Dignidad: calidad de digno, respetabilidad, corrección, amistad distanciada. Sin respetar la dignidad de los animales, nos volvemos indignos e irrespetuosos: o demasiada cercanía o indiferencia desdeñosa. Sin duda el efecto espejo es aquí aplicable: tratar sin dignidad a los animales es el simple reflejo de nuestra falta de dignidad en la relación con nosotros mismos y con nuestros vecinos de especie.

Los antiguos cazadores tenían siempre en cuenta estos aspectos: la presa buscada era un animal sagrado para cuya captura había que pedir permiso al espíritu de la especie a través de sofisticados ritos. También los rituales del matrimonio escenifican la necesidad de establecer un reconocimiento cualitativo de dignidad entre las personas antes de juntarse en una unidad de convivencia o de reproducción. La dignidad es reconocer el linaje, la soberanía y la libertad del otro, sea este animal o persona humana. Una persona digna tratará siempre con dignidad a sus vecinos. Por desgracia, podemos decir que la modernidad y el progreso han apartado nuestra especie del principio de Dignidad. La razón hay que buscarla en la borrachera de grandeza que los éxitos del Progreso han causado. El impulso depredador se ha disparado de un modo aberrante hacia todo lo que nos rodea: fauna, botánica y sociedad humana.

Respecto a los animales, la expresión más evidente de esta pérdida de dignidad se encuentra en la actual industria alimentaria: granjas mecanizadas y mataderos. Las evidencias son bastante obvias y no cansaré al lector con los detalles, desagradables hasta lo indecible.

Si me he extendido en hablar de dignidad es porque toca hoy centrarnos en los bóvidos, una de las familias de animales que para mí encarnan con más relevancia las cualidades de este concepto. Toros, bueyes, vacas, bisontes, búfalos ... Todos ellos armados de poderosos cuernos y a la vez pacíficos rumiantes que se alimentan sólo de hierba. Animales grandes, extraños y enigmáticos como pocos, pero a la vez capaces de embestir cuando se enfadan y se sienten en peligro. Mansos y cargados de pacífico orgullo, elegantes y majestuosos, poderosos por el volumen de sus carnes y la potencia de sus músculos, tranquilos y silenciosos. No es de extrañar que desde siempre hayan captado la atención del ojo humano, desde los pintores rupestres del Paleolítico Superior hasta las incipientes sociedades neolíticas, que tuvieran al toro como una de las primeras divinidades. En muchas mitologías representa la energía sexual. Símbolo de vida, de potencia y de fecundidad.

En las fabulosas pinturas de Altamira y de Lascaut pasando por los asentamientos neolíticos de Siria y Palestina hasta la tauromaquia cretense, los bóvidos de esplendorosas cornamentas han sido el centro de un culto que mezcla estupor, respeto y veneración. No en vano Zeus se convierte en toro para conquistar y raptar a Europa. Y en Creta, Pasifae, esposa de Minos, se mete dentro de una carcasa de vaca, obra de Dédalo, para poder copular con el toro blanco del que se ha enamorado. El hijo de este amor fue el Minotauro, mitad hombre mitad toro. Se puede decir, por lo tanto, que durante larguísimas etapas de la historia humana, vacas y toros han sido las bisagras estéticas de nuestra relación con los Dioses y sus representantes en el Reino Animal, relación basada en el respeto a la dignidad del otro.

Pasifae. Escultura de Óscar Estruga, realizada en cobre. Playa de Adarró, Vilanova y La Geltrú.

Un testigo arcaico de esta relación centrada en la dignidad lo encontramos en la India, donde vacas y toros son tratados como animales sagrados, disfrutando del derecho a pasear tan ufanos por las calles de las ciudades, en medio de la gente y del tráfico más feroz, como yo he podido comprobar en persona. En España, lo encontramos en las Corridas de Toros, que curiosamente los supuestos defensores de los animales quieren eliminar. ¿Quizás porque las encuentran "indignas", confrontadas con la industria alimentaria de nuestros días?... ¿No sería mejor preservar esta reliquia todavía viva de épocas antiguas que nos habla de respeto y de dignidad, a pesar de su carácter violento de rito de sangre y de muerte, y concentrarse en el trato realmente indigno que se tiene para con las vacas, toros, cerdos y pollos?

Volvamos a los bóvidos y veámoslos encerrados en los reductos que el Zoológico les ha reservado. No hay muchos. Pasa un poco como con los perros: los tenemos demasiado cerca. Tener toros de lidia sería una incongruencia, cuando estas nobles fieras ya disponen de amplios espacios donde poder verlos y admirar. ¿Vacas? Hay una en la Granja para familias, más como juguete para los niños que animal realmente enjaulado. Sólo falta que le pongan una falda y sostenes. ¿Toros? La avidez de nuestra industria no vería lógico perder dos o tres toneladas de carne. El Zoo muestra a los más exóticos y cumple así con su vocación de recuperar especies en peligro de extinción: antiguos bisontes europeos salvados de milagro de la desaparición y los llamados "búfalos enanos" de piel rojiza que sobreviven en las selvas lluviosas africanas, también situados al borde de la extinción.

En nuestra mirada, sin embargo, pondremos no sólo a los que están encerrados en el Zoo sino también a las vacas, los bueyes y los toros que pastan tranquilos por los prados. Lo primero que nos sorprende es la independencia y la distancia que muestran hacia sus observadores. Mientras ciervos, simios, canguros, osos, focas, caballos y burros acuden solícitos a quienes les dan cacahuetes, un plátano o patatas fritas, los bóvidos nos ignoran solemnemente. Curioso que siendo unos mamíferos tan representativos de la clase de los cordados a la que pertenecemos, bien provistos como están de generosas glándulas mamarias, no manifiesten uno de los rasgos característicos de este grupo de animales, como es su capacidad de empatía emocional.

Los bóvidos, al menos para este observador, son independientes, distantes y solitarios, y pese a gustarles ir en rebaño, se tienen por seres autónomos poco sentimentales: rebufan y a veces se enfadan mucho. Son animales a los que es mejor no buscarles las cosquillas, ya que pueden tener respuestas poco amigables. Creo que esta es una de las razones de la veneración que despiertan: nos admiran sus cualidades de brutos autónomos, cargados de noble poderío, que puede convertirse en feroz belicosidad cuando se les molesta o se los priva de libertad. Así somos nosotros o nos gustaría ser: libres y poderosos, y capaces de defendernos con fuerza y ​​orgullo cuando nos atacan. La diferencia es la emoción mamífera, escasa en los bóvidos y exagerada en los humanos, la cual nos hace temerosos la mayoría de las veces, y valientes en casos excepcionales.

Conocida es la legendaria ferocidad del toro de lidia, capaz de embestir de frente un tren en marcha como ha sucedido más de una vez. Esta ambivalencia de animales que son a la vez mansos y feroces ha sido fuente de admiración y base de todas las tauromaquias conocidas de la historia. En cuanto a los protegidos de la India, donde conviven en las mismas calles de las ciudades con sus habitantes, sean humanos o de otras especies, es providencial su pacifismo aunque de vez en cuando sorprendan a sus adoradores con inesperados golpes de genio. Más de un enfado cornudo vi yo por las calles de Ahmedabad, cuando visité hace años esta ciudad de la India, la capital de Gujarat.

 
Rapto de Europa. Mosaico romano, Museo Romano de Arles, Francia.
Volvamos al tema de la Dignidad y observemos de nuevo la grandeza majestuosa de estos animales coronados. Impresionan por la masa de sus carnes y la potencia de su fuerza pero sobre todo por la corona de la cornamenta, quizás no tan elegante como las de algunos cérvidos, de diseños espectaculares, pero capaces de expresar la serenidad de su coronación áulica, de reconocida dignidad mitológica. De algún modo indican los límites de una grandeza mediana, superior a los demás animales de cuatro patas, pero inferior a la de los mamíferos gigantes, obligados estos a desarrollar colmillos en el caso de los elefantes o los antiguos mamuts, o cuernos en la nariz en los fantásticos rinocerontes. Los bóvidos ocupan respecto a nosotros un espacio intermedio, próximos a la altura humana y lejos de las excentricidades gigantescas de la evolución animal. Y es sin duda esta medianía la razón de ser tan cercanos y queridos, y a la vez tan admirados y temidos por su fuerza y ​​su ornamentación cornuda.

Pertenecen también al gremio de los filósofos y no sólo los encarcelados en el Zoológico: verlos libres en los prados de las altas montañas inmersos en profundas meditaciones así nos lo hace pensar. La razón hay que buscarla en el hecho de ser animales rumiantes: mastican siempre dos veces lo que comen. Es decir, más que comer, "rumian" su alimento. Este doble tiempo en la alimentación abre el espacio de una meditación que los humanos no tenemos. Quizás a la larga una buena cosa para la evolución de nuestra especie sea aprender la lección y convertirnos en rumiantes: nos obligaría a estirar el tiempo alimentario que a la vez nos extendería el mental por obligación biológica. Y con una ventaja: mientras rumiamos, estamos tranquilos y despiertos, y no nos peleamos. De momento, contemplar la lentitud casi beata de estos animales reflexivos nos ayuda a estirar nuestro tiempo de omnívoros depredadores siempre a merced de nuestra hambre compulsiva. Lecciones que los bóvidos nos ofrecen gratis en los campos y a precios asequibles, que deberían ser más populares, en el Zoológico.

Atención, no sólo los bóvidos son rumiantes. También lo son los cérvidos, los jiráfidos, el carnero, las cabras selváticas, los búfalos y los antílopes. Como puede comprobarse, las universidades donde estudiar su ciencia son muchas y la mayoría están a nuestro alcance (¡unas 250 especies!).

Por último, diríamos que los bóvidos constituyen una familia de animales entrañables y a la vez enigmáticos, estéticamente muy poderosos y simbólicamente asociados a la cultura humana desde épocas inmemoriales. Creo que el devenir no les dejará aparte y que nos puede conducir a gratas sorpresas del todo inesperadas, cuando en las futuras facultades de filosofía profesores mixtos hombres-toro o mujeres-vaca, a modo de insólitos minotauros del saber, nos enseñen a pensar de verdad según las más avanzadas leyes del rumiar vacuno. Tiempo al tiempo ...