lunes, marzo 25, 2019

El Caracol



 
Foto de Jürgen Schoner (GFDL or CC-BY-SA-3.0, via Wikimedia Commons).

¡Atención!, si tenemos en cuenta que el viejo orden de donde procedemos los humanos, los Catarrinos, apareció en la Tierra hace entre 34-28 millones de años, y que nuestra especie propiamente dicha, los Sapiens, sólo lleva 200.000 años pisando la superficie terráquea, es importante saber que los gasterópodos, el grupo al que pertenecen los caracoles, aparecieron en sus formas primitivas y marinas en la época cámbrica (unos 540 millones de años) y su presencia en la tierra, hace unos 150 millones. ¿Acaso podemos imaginar la experiencia de vida que llevan los caracoles en su interior, tal vez guardada en las estanterías interiores de sus conchas? Ciertamente, nada comparable a la nuestra. ¿No es motivo suficiente para querer tratar con ellos?

Ahora bien, que nadie piense que nos encontramos ante un animal apático y sumiso, carente de cualquier impulso de libertad. Tenía un amigo que durante una temporada se dedicó a la cría de caracoles. Era una persona bastante competente, disciplinada y eficiente a pesar de su tendencia a la vida alegre. Pues bien, un día que simplemente durmió más de la cuenta debido a un exceso de espiritualidad en las bebidas ingeridas, se encontró con la chocante sorpresa de que todos los caracoles que permanecían encerrados en la cabaña donde vivían, se le habían escapado. ¡El animal lento por excelencia como es el caracol, para quien nadie apostaría dos duros en una carrera contra una tortuga, demostró que su amor a la libertad podía vencer a su vigilante humano! Como se puede ver, el principio de libertad se encuentra en los niveles más elementales de la animalidad estricta.

El caracol es, en efecto, un animal singular, difícil también de ver en el Zoológico, ya que está sin estar al no ser exhibido, como ocurre con el escarabajo. Y sin embargo, se trata de uno de los animales más importantes y significativos que existen, sobre todo por la impresionante carga simbólica que llevan encima. En este sentido, constatamos que el caracol no se ha prodigado demasiado como animal sagrado, aunque los aztecas lo tenían como símbolo de la fertilidad (más adelante hablaremos de su curioso sistema reproductor), y entre los Mayas, los caracoles estaban asociados al inframundo y a la muerte, además de ser una representación de la vida y del agua, y un símbolo femenino del nacimiento. Se encuentran también en la iconografía maya ancianos que cargan o emergen de un caracol. ¿Representaban quizás la sabiduría o la oscuridad de la que emergían en un segundo nacimiento? ...

Extraña que no haya sido animal sagrado en más culturas del mundo, o tal vez lo es en algunas que desconocemos sin que nos lo hayan dicho todavía. Sí que los surrealistas le dieron una relevancia especial, al representar una puerta de entrada al mundo oculto del inconsciente. Joan Miró, por ejemplo, escribió en 1925 el libro "Etoiles en des sexes d'escargots". Y García Lorca, en "Los Encuentros de un Caracol Aventurero", lo convierte en un "pacífico burgués de la vereda".

De hecho, es posible que en el futuro lo veamos alzado en algún tipo de pedestal, como parece indicar el gesto de algunos avanzados ecologistas, concretamente los partidarios del llamado "Decrecimiento" y del "Movimiento Slow", que lo utilizan como símbolo.

La razón de esta ascendencia no es nada baladí: el caracol es uno de los únicos animales del planeta que hace crecer y decrecer su concha, es decir, su casa, ya que cuando se ha hecho suficientemente grande, la sigue desarrollando pero en decrecimiento. Utilizando el lenguaje ecológico, dice el experto en caracoles: "Construye la delicada arquitectura de su concha añadiendo una tras otra espiras cada vez más amplias; luego se detiene de golpe y empieza a hacerlo ahora en decrecimiento, ya que una sola espira de más daría a la concha una dimensión dieciséis veces mayor, lo que sobrecargaría al animal en vez de contribuir a su bienestar. Y es que si siguiera aumentando su productividad, ésta sólo podría servir para paliar las dificultades creadas por esta ampliación de la concha. Es decir, pasado el punto límite de la ampliación de las espiras, los problemas de un crecimiento excesivo se multiplicarían en progresión geométrica, mientras que la capacidad biológica del caracol sólo puede, en el mejor de los casos, seguir una progresión aritmética. "

¡Increíble! ¡La inteligencia del caracol hila tan fino que sabe dónde hay que parar para no pasarse de rosca! ¡Esto como mínimo exige un doctorado en física y matemática! ¿Pero a qué facultades estudian estos animales? ¿En el Parque Zoológico? Lo dudo, nunca he visto allí ni aulas ni paraninfos, y menos para caracoles. Sin duda se trata de un fenómeno de inteligencia natural, que la intimidad sustantiva de esta criatura sabe cómo dirigir y aprovechar. ¿Se trata de inteligencia emocional? Si fueran mamíferos, todavía, pero un caracol pertenece a la subclase de los gastrópodos pulmonados, y a estas alturas de la taxonomía animal, creo que de emociones hay pocas. ¡O quizás me equivoco y sí los hay, pero de una sutileza tan refinada, profunda y exquisita que ya nos gustaría a nosotros, los humanos, tener a mano emociones de este tipo y calibre! Tal vez a la larga y no después de haber pasado por las mejores escuelas de los caracoles, podamos aprender a vivir semejante refinamiento emocional.

Tengan en cuenta que estos seres tan pequeños, tratados casi siempre con cierto despecho e indiferencia, o simplemente con el apetito del buscador de caracoles que sale después de llover para pillarlos pensando en una buena caracolada, son en realidad pequeñas joyas de la naturaleza cuyos rasgos biológicos nos dejan totalmente boquiabiertos y desconcertados. ¿Saben acaso que los caracoles son hermafroditas, que un único ejemplar produce tanto espermatozoides como óvulos, y que tienen a la vez pene y órgano receptor? ¡Pero no lo pueden hacer solos, sino que necesitan juntarse en una cópula amorosa que puede durar entre 4 y 7 horas! Lo suelen hacer de noche y en épocas cálidas y húmedas, lanzándose el uno al otro una saeta espiral de carbonato cálcico, que desaparece dentro del órgano receptor, donde se disuelve y libera el esperma. ¡Una saeta!, la misma estrategia de Eros pero literalmente aplicada en el acto amoroso!

También es interesante saber que la vida de un caracol del género Hélice, que son los más cercanos a nosotros, suele durar entre 2 y 3 años, debido a la omnipresencia de los depredadores y los parásitos, pero que si se les dejara en unas condiciones idóneas, algunos caracoles podrían llegar a vivir ... ¡hasta 30 años! Insólito, sí señores.

Pero volvamos a los aspectos simbólicos del caracol para destacar la peculiar relación que tienen con el tiempo. La lentitud es su consigna de vida, la emoción íntima y sustantiva que los define como especie. Dicho con otras palabras, los caracoles tienen tiempo, les sobra por todos sus cuatro lados, y por eso van tan despacio. Tienen tanto tiempo, que incluso se construyen la casa encima mientras van siguiendo su camino, comiendo hojitas por aquí, mordisqueando piedrecitas de calcio por allí...

Fijémonos en la simbología de la cáscara: un tiempo "acaracolado" sobre sí mismo. Es como si disfrutara de dos dimensiones temporales, algo insólito en un ser vivo: mientras avanza en la línea recta del tiempo normal, en paralelo, vive otro proceso temporal que gira sobre sí en espiral, y que sabe además ir hacia adelante y hacia atrás, crecer y decrecer, para evitar la sobrecarga. ¿Dos y tres años de vida? Yo los multiplicaría por cuatro o por cinco o por diez, si tenemos en cuenta esta segunda dimensión temporal plegada sobre sí misma que es la concha!

Creo que es en esta sustantividad íntima del caracol de donde nosotros, los humanos, podemos extraer algunas lecciones. Su vivencia del tiempo, que es lenta, doble y controlada, constituye un modelo increíble, que deberíamos aprender lo antes posible, si no queremos que las velocidades de nuestras culturas urbanas nos manden a freír espárragos en unos pocos años. Una emoción sutil y estratégica que multiplica el tiempo, lo enrosca sobre sí mismo -nunca mejor dicho- y todo sin ningún tipo de aspavientos, ya que el caracol es un ser discreto y silencioso, sin ninguna pretensión.

El silencio, otra dimensión o, mejor dicho, otra cualidad importante del caracol. Propia de los animales lentos por naturaleza. Se podría decir que caracoles, escarabajos (los que no vuelan, claro) y tortugas -por citar sólo a los más conocidos- constituyen los singulares monjes de un monasterio que es la naturaleza entera. Unos monjes que han hecho voto de silencio, lentitud y discreción, y que no paran de trabajar. También sería interesante proponer una carrera entre individuos de estas tres especies. ¿Quién ganaría? Parece que la tortuga, al ser más grande, avanzaría seguramente más deprisa. Sus pasos, a pesar de ir despacio, son más largos que los del escarabajo, de patitas finas y escasas, y más eficaces que el avance mocoso del caracol. Hay que tener en cuenta, sin embargo, el factor distracción que siempre cambia los resultados de estas carreras. ¿Cuál de los tres sería más fácil de distraer? Deberíamos realizar la prueba, que yo desgraciadamente no he podido hacer, pero creo que sería la tortuga, seguida del escarabajo, la más distraída. Si fuera así, ¡acabaría ganando el caracol!

Sea como sea, un monasterio poblado de monjes de esta calidad de silencio, lentitud y dominio del tiempo, sería sin duda de una utilidad extrema para la sociedad humana, donde todos, monjes y seglares, deberíamos ir a estudiar con urgencia. Quizás así entenderíamos algunas de sus anticipaciones proféticas, como la que dice que en un futuro no muy lejano, los humanos incorporaremos también diversas maneras de vivir el tiempo a la vez, una hacia adelante y la otra dando vueltas creativamente sobre nosotros mismos.

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