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miércoles, julio 29, 2009

Crítica de A Manos Llenas, por Conrado Domínguez.


Me he permitido reproducir en el Retablo de mi Blog la crítica a mi espectáculo A Manos Llenas realizada por mi buen amigo Conrado Domínguez. Dada la poca frecuencia de críticas a espectáculos de títeres, he pensado que ello me autoriza sobradamente a citarla, sobretodo cuando el contenido de la misma se inclina, como es el caso, hacia la benevolencia.


A Manos Llenas, de Toni Rumbau

Hacía tiempo que no veía ningún espectáculo de Toni Rumbau. La verdad es que, aparte de sus óperas y de sus libros, no conocía nada de su trabajo con las marionetas. Me habían hablado muy bien de A Dos Manos, mientras que de la obra El Doble y la Sombra me llegaron más bien matizaciones interesantes. Asistí pues con ganas, deseoso de cubrir este vacío respecto a un artista que conozco desde hace tiempo. Y la verdad es que quedé muy gratamente satisfecho.

No son los títeres mi especialidad, pero el espectáculo que presencié en el Pueblo Español de Barcelona resultó una total sorpresa. De entrada por la calidad visual de las sombras que surgen del retablo convertido en una caja que se ilumina por dentro. Mis recuerdos de la infancia se habían quedado con los típicos retablos opacos y algo casposos que esconden al titiritero de turno desde dónde mueve sus títeres, por lo general amables y muy domesticados, pues pertenezco a una generación que vivió ya en los albores de la corrección moralista en los espectáculos infantiles. Desconozco pues la tradición centenaria de los Títeres de Cachiporra que por lo visto es tremebunda y de una incorrección subida.

El espectáculo de Rumbau se adentra por estas vías de la tradición pero a su vez nos introduce en ellas mediante el calzador simbólico del teatro de sombras, a modo de contrapunto compensatorio. Pero lo más interesante para mi, fue ver como el retablo se hacía translúcido, mostrándonos con una estudiada sencillez sus interiores ocultos. Una sencillez casi ocultista, diríase, pues las manos del titiritero, de pronto convertido en mago alquimista, nos seducen y nos llevan al huerto con unos efectos visuales que a veces remiten al cine negro con sus juegos de cámara, y otras a una simbología de raíces ocultistas. Luego, los títeres rompen este espacio de poesía e imponen su lenguaje directo y desenfadado: Polichinela con su amigo el perro, y la hilarante escena con el policía.

Las sombras encadenan la nueva secuencia de títeres, introduciéndonos al Diablo, alter ego eterno de Polichinela, con el que ejecuta las clásicas luchas campales a estacazo limpio. Más oscura se pone la cosa cuando la Muerte aparece subida en un caballo y cruza todo el retablo siguiendo el ritmo del tambor. Tras las sombras, los títeres: una Muerte tremenda cuya tétrica figura sería capaz de levantar a un muerto de la tumba. Pero es obligación de Polichinela burlar a la pálida señora, y tras sus risas de vencedor, lo vemos enfrentarse a si mismo ante un espejo. De él saldrá una Polichinela misteriosa de nalgas blancas y desnudas. La escena del baile del personaje con su doble femenino es una de las más bellas de la obra, con una habanera como música de fondo que parece salida de una pianola de algún bar viejo de los de antaño…

Finalmente, regreso al tema de Polichinela: éste pone un huevo, es decir, se reproduce a si mismo. Lo deja en una cuna, bien acolchado por un cojín y un salvavidas marinero, y en compañía del perro, se despiden del público y del huevo.

Vuelven entonces las sombras. El registro simbólico se impone y Rumbau nos obsequia con una escena de alto voltaje poético, a la par sutil y melancólica, pues en ella los diferentes títeres van perdiendo su vitalidad atrapados por la mano del titiritero, que los convierte en unas simples siluetas, para alimentar la caja de las transformaciones. Y aquí es dónde vuelve a sorprendernos la obra: en vez de algún Polichinela pequeño, del cubo mágico –¡atención con la presencia del cubo en esta obra, una de las últimas obsesiones del autor!– sale una reducción abstracta del mismo retablo translúcido, provisto de un gong empequeñecido que suena con lacónica y ensoñadora cadencia zen…

Una obra que aúna vitalismo y sensibilidad filosófica, con ingredientes de magia teatral y de simbolismo alquímico. Y cruzándola con inusitada desfachatez, la risa despiadada de Polichinela que nos incita a la rebeldía y a la libertad.

Para concluir: un trabajo en el que Rumbau ha puesto de lo mejor de si mismo, con una agradecida contención en la forma y en el tiempo, a modo de fiel homenaje a uno de los oficios más antiguos del mundo.


Postdata. Fue un placer visitar de nuevo el viejo Pueblo Español: no lo vi tan viejo y me encantaron los aires decadentes y casi operísticos de sus escenografías arquitectónicas. Además, vi pocos turistas el día que lo visité y los que había parecían encantados de estar allí. Un añadido que sin duda ayudó al buen éxito de la jornada.

Conrado Domínguez

(Fuente: Con Voz Propia Mía, blog de Conrado Domínguez)

lunes, mayo 04, 2009

El último Contador de Historias de Damasco

¿Contadores de Historias en el estilo tradicional? Pues sí, todavía existen en algunos países. Al menos en Damasco, la capital siria, dónde tuve la ocasión de viajar recientemente invitado por el Instituto Cervantes de Damasco. Su director, Pablo Martín Asuero, persona con una sólida formación en historia (ha publicado varios libros sobre Oriente Medio), fue el introductor de este encuentro.

Buen conocedor de mi interés por las artes de la palabra y de la imaginación, el mismo día de nuestra llegada nos llevó al café que hay detrás de la esplendorosa mezquita de los Omeyas dónde cada día, después de la oración de la tarde, interviene el señor Rashid Al Halak Abo Shadi, el último Hakaoati o Contador de Historias de Damasco.

(Pablo Martin Asuero, el señor Abo Shadi y Octavi Rumbau)

Sorprende de entrada la misma factura del café, de un kitsch hipérbolico y maravilloso, con la inaudita presencia de multitud de pajaritos cantarines encerrados en sus jaulas que deleitan a los parroquianos con sus subidísimos trinos. Todo ello en medio de una atmósfera cargada del humo de los narguilés y rodeados de imágenes y cuadros de todas las épocas y estilos inimaginables.

En el centro, apoyado en la pared, un asiento elevado de madera pulcramente trabajada, con una mesita para el cenicero y el vaso de agua, y otra de bronce para descargar en ella los golpes de espada, espera al Hakaoati que la ocupará. Cuando llegamos, el señor Abo Shadi fumaba tranquilo sus cigarrillos esperando la hora de empezar la función. Con él nos sentamos, pues Pablo lo conocía por haberlo contratado en anteriores ocasones para actuar en el Centro. Supe así que su hijo es uno de los pocos titiriteros de Damasco que se dedica al Karakoz, el teatro de sombras turco que solía representarse en los cafés de las principales capitales otomanas y que algunos esforzados marionetistas mantienen en vida. Tras intercambiar cordiales palabras, y no después de pedirnos unos narguilés para pasar la tarde, ermpezó su actuación.

Con la ayuda de un libro manuscrito que sostiene con una mano, el Contador de Historias va desgranando un episodio de la antigua épica árabe, que relata con gestos enfáticos y precisos, acompañándose de un sable con el que se dirige al público, con signos amenazadores unas veces, o con ruidosos golpes sobre la mesita de bronce, que sirve para galvanizar (y despertar) a la audiencia en los pasajes más dramáticos.

Aún sin entender un ápice de lo que decía, me dejé llevar por la vehemencia estudiada y medida del señor Abo Shadi, siempre repleta de ironía como sus ojos chispeantes delataban, al dirigirse sobretodo a los parroquianos habituales, con los que compartía secretas historias domésticas. Los extranjeros, la mayoría del público, seguíamos hechizados las palabras y los gestos de aquel hombre que encarnaba uno de los oficios más antiguos del mundo, anterior incluso al de los títeres, pues siempre se ha dicho que contar historias es la primera de las manifestaciones consideradas como propiamente humana.

(Columnas del Templo de Júpiter, en la entrada del Zook)

Aquel contacto con la tradición fue el primero de los encontronazos que tuvimos de realidades solapadas en el tiempo, tan propio en una ciudad como Damasco, considerada como una de las más viejas del mundo (con restos documentados del tercer milenio antes de Cristo). Cuatro son las capas más evidentes: la ciudad romana, la árabe medieval de los Omeyas, la otomana y la actual. Estas capas se cruzan constantemente a cada paso, pero dónde más sobresale la intersección es allá dónde termina la arteria principal del Zook: las imponentes columnas del Templo romano de Júpiter, construído sobre un primitivo templo arameo del siglo IX antes de Cristo, se levantan majestuosas ante la entrada de la Mezquita de los Omeyas construída a su vez sobre una primera Basílica cristiana. Debajo de aquel vaivén de épocas que se cruzan, se instalan los vendedores ambulantes, con sus reclamos coloridos y chillones, mientras los murmullos del gentío y los cantos de los almuacines llenan la atmósfera de una densa y palpitante vitalidad. A dos pasos de la mezquita, entretanto, el Contador de Historias se prepara para la sesión de la tarde.

A modo de complemento ilustrado, vean el pequeño video adjunto colgado en youtube.

miércoles, abril 15, 2009

Próximo estreno de "A Manos Llenas"

El viernes 1 de abril empiezan las funciones en La Puntual de "A Mans Plenes", el nuevo montaje de títeres y sombras que estoy poniendo en marcha. Estaré en este pequeño y entrañable teatrillo los dos primeros fines de semana de mayo, con funciones los viernes, sábado y domingo, los días 1,2,3,8,9 y 10. Para información de los horarios, ver La Puntual.

Antes viajaré a Siria, del 21 al 27 de abril, invitado por el Instituto Cervantes de Damasco, para hacer dos funciones de "A Dos Manos": una en la misma Damasco, y la otra en Aleppo. Interesante viaje, durante el que tendré ocasión de conocer al colectivo de los titiriteros de Siria, así como a un país que desconozco.

Adjunto ficha del nuevo espectáculo así como alguna foto. Para más información, pulsar aquí. Ver imágenes de la obra filmadas por Alfonso De Lucas Buñuel pulsando aquí.

A Manos Llenas
Concepto, interpretación y dirección de Toni Rumbau

Títeres de Mariona Masgrau
Música: Octavi Rumbau
Coreografía títeres: Margarida Carbonell
Con la colaboración, las fotografías y los dibujos de Jorge Raedó
Vestuario títeres: Carmen González
Otros vestidos y Polichinela pequeño: Núria Mestres
Telas retablo: Raquel Bonillo
Asistencia técnica y escenográfica: José Menchero
Asistencia dramaturgia: Rebecca Simpson y Luca Valentino
Video promoción: Alfonso De Lucas Buñuel
Producción: La Fanfarra S.L.