lunes, septiembre 04, 2006

La obsesión iraní.



Me gustaría, querido bloguero, tratar este tema aún sabiendo lo espinoso que es, sobretodo porque los profanos que contemplamos el panorama desde la barrera, poco sabemos de los entresijos y los tejemenejes que se llevan sus protagonistas y muy en especial los llamados “fontaneros” que se mueven por entre esos turbios vasos comunicantes que son los denominados “servicios secretos de inteligencia”.

Resulta curiosa esta obsesión de las élites americanas conservadoras hacia este país, al que diabolizan por encima de otros de la zona mucho más peligrosos e impresentables desde el punto de vista de los derechos humanos. Me refiero, por ejemplo, a Pakistán o a Arabia Saudí, grandes aliados de EEUU, los cuales son, han sido y serán siendo, con el mayor descaro, los principales financieros de todo el extremismo islámico más cerril y peligroso en el mundo entero. ¿De dónde ha salido el dinero para pagar las miles y miles de mezquitas construídas en todos los países del mundo, y muy en especial en los musulmanes, sus escuelas coránicas, así como sus libros de texto impresentables? Que se lo pregunten a los turcos, o a los marroquís, o a cualquier país de la zona. ¿De dónde sale el dinero que financia a la resistencia irakí? ¿Acaso no hay millones y millones de dólares invertidos allí? Todo apunta a Arabia Saudí, verdadero santuario del más retrógrada pensamiento integrista islámico. Un país feudal que vive bajo una dictadura cerril y trasnochada.

Irán es una incongruencia y una singularidad que molesta a todo el mundo. A los sunís, porque con sus aberturas sociales incipientes, pone en cuestión los sistemas políticos dictatoriales de estos países. A los americanos y a los israelitas, porque son un ejemplo viable de un sistema alternativo que ha crecido aún estando en contra de su dictámen.

Desde luego, las facetas más fascistas y fanáticas del régimen iraní son tan reprobables como la de los demás países citados. Pero junto a éstas, hay otros aspectos que singularizan el caso y lo hacen interesante, sobretodo en sus momentos de apertura desgraciadamente abortados por unos y otros, desde dentro y desde fuera.

De entrada, el shiísmo tiene una relación con el “Libro” distinta a los sunitas: abierta, de modo que sus intérpretes pueden adaptarlo a la modernidad. Algo que contrasta con la actitud suní más intransigente, para la que el Libro es intocable, de modo que unas indicaciones pensadas para la Edad Media deben ser igualmente válidas para el siglo XXI. Eso conlleva unas implicaciones considerables: en Irán, el 60% de los estudiantes universitarios son del sexo femenino. Algo insólito en Arabia y otros países árabes. Las mujeres pueden conducir, fumar, casarse, divorciarse, andar solas por las calles, van al fútbol, entran en bares y restaurantes... Son médicas, abogadas y políticos. Al menos, así lo he visto yo entre los chiítas del Líbano. En Irán hay elecciones, aunque éstas estén trucadas, especialmente cuando la balanza se inclina del lado de los retrógradas.

Existe además en este país una cierta clase media incipiente, formada por tenderos, comerciantes, hombres de negocios, estudiantes, artistas y profesionales liberales, que está profundamente occidentalizada en los aspectos relativos a las costumbres, a la abertura al mundo y a los sistemas nuevos de comunicación. Esta clase, que dispone de una todavía escasa relación con el poder, busca básicamente acercarse a Europa, entrar en el mundo de los intercambios y del comercio, abrir el país al negocio turístico y a la influencia extranjera, en fin, apuesta por la modernización en sus facetas más positivas. Síntoma de esta realidad es el cine que nos llega de Irán, premiado en tantos certámenes europeos, los trabajos de sus artistas, pintores, dibujantes, escritores…, que se abren paso en los mercados mundiales y que tanto recuerdan momentos como los vividos en España, en los últimos años de la dictadura, cuando parte de la población luchaba por salirse del franquismo y entrar en el mundo moderno.

Un país que hizo su revolución nacional –se sacó de encima al títere de los EEUU en la zona, y nacionalizó su máximo bien, el petróleo– basándose en las únicas fuerzas que han sido capaces hasta ahora de encararse con el imperio: el fanatismo religioso. Que aguantó una de las peores guerras del siglo XX, atacados por un Irack que tuvo todo el beneplácito y el apoyo de Occidente. Y un país que estuvo a punto de dar un salto cualitativo con sus políticos reformistas, apoyados por los sectores jóvenes y progresistas de la sociedad. ¿Por qué en aquel momento fueron sistemáticamente rechazados por EEUU, cuando había la posibilidad de ayudar a estos sectores abiertos al cambio, situando Irán en un lugar cercano a la Turquía actual, igualmente gobernada por un partido islámico moderado? Durante la crisis de Afganistán, mostró signos de colaboración clarísismos, y en los inicios de la invasión de Irack, se vio que era el único que podía estabilizar la nueva realidad chií de este país destrozado. Incluso en Líbano, Herbolá mostró en un momento dado claros indicios de integrarse en la vida política del país, entrando en el parlamento, aceptando el sistema representativo, y participando de los negocios turísticos y comerciales que empezaban a despuntar allí.

Como respuesta a todos estos síntomas y posibilidades, EEUU optó por la diabolización y lo metió en su “eje del mal”. ¿Por qué? Los resultados son claros: refuerzo de las tendencias más intransigentes y retrógradas, un nuevo primer ministro que se llena la boca de retórica inflamable e impresentable, un intervencionismo que defiende sus intereses hegemónicos en Irack y Líbano, una escalada de amenazas absurdas, etc. Es obvio que el único camino posible que nosotros, como europeos, podemos imaginar es que Irán entre en una fase democrática de verdad, rebaje sus pretensiones de convertirse en una fuerza regional agresiva e intervencionista, acepte el juego de la interdependencia entre países y poderes, acate las decisiones internacionales y acabe sumándose a un papel parecido al de Turquía, que pretende consolidarse como país puntero de los negocios entre Oriente y Occidente, y que busca sobretodo formar parte del engranaje europeo.

(Puerta de las Naciones, Persépolis)

Pero para conseguir estos objetivos, la táctica diabolizadora de los EEUU, cuya principal receta es “atacar y hacer retroceder el país unos cuantos años atrás”, no es precisamente la más idonea. Muy al contrario, es una táctica perversa, injusta, cruel, irracional y que sólo sirve a unos intereses particulares que de tan particulares y egoístas que son, ni siquiera son abiertamente explícitables: la industria armamentística y el monopolio del petroleo. Generar el caos es la táctica de los neocons americanos. Pero hacerlo en un país como Irán, con posibilidades claras de evolucionar hacia posturas como las indicadas, es no sólo jugar con fuego, es jugar a destruir el mundo. Y para los europeos, es incendiar nuestras fronteras y hacernos retroceder veinte o cincuenta años en nuestras posibilidades de expandir pacífica y democratizadora nuestros sistemas sociales y políticos, así como nuestros intereses económicos.

En fin, simples reflexiones que me parecen de una obviedad tan fragante como urgente de ser tratada.

2 comentarios:

Anónimo dijo...

¿Y de la amenaza nuclear qué? ¿Acao no ha dicho que quiere eliminar Israel de la faz de la tierra?

Irán es una anomalía grave que debe ser elminada de cuajo. Su gobierno es peligroso y terrorista. Europa no puede confiar en personas como Ahmadineyad. Sería de una debilidad tremenda.

R.O.

Toni Rumbau dijo...

Me parece, señor R.O., que se deja llevar por los simplicismos. Tiene razón en creer que el presidente iraní Ahmadineyad es un personaje impresentable y con cerebro de mosquito. Pero Irán es un país muy grande y complejo, dónde además de su presidente hay muchas más tendencias políticas y una realidad social y económica a tener en cuenta. Un país cuyas élites no buscan el enfrentamiento con el resto del mundo sino un marco de desarrollo para una nación situada en una de las zonas más complicadas y conflictivas del planeta. La “maldición del petróleo” afecta el espacio de todo Oriente Medio y su situación rodeado de países inestables cuando no directamente en guerra o en bancarrota, lo colocan en el punto de mira de todos los hegemonismos, y especialmente del americano.

Su peligrosidad no tiene nada que ver con la de otros países vecinos que sí son exportadores reales de terrorismo y desestabilización: Irack, Afganistán, Pakistán, Arabia Saudita… Su exclusiva peligrosidad estriba únicamente en desafiar a la autoridad americana: son la excepción en una zona dónde todos acatan las decisiones imperiales pero cuyas realidades sociales son un puro infierno de injusticias, guerras civiles y un caldo de cultivo increíble para el terrorismo. Esta es la realidad geopolítica de esta zona caliente, según mi parecer.

Defender sus posturas, señor R.O., no es más que sumarse al simplicismo de los análisis neocons americanos, que más que análisis son pura propaganda para el consumo de públicos fáciles e infantiles. Me parece que ya va siendo hora de que los europeos dejen de tragar con discursos de este calibre. Defender las vías negociadoras frente a la vía militar de los EEUU no es una muestra de debilidad, sino de firmeza y de afirmación civilizatoria. La debilidad, creo, es caer en los simplicismos de cerebro de mosquito. Etc.