domingo, enero 27, 2019

El Cabrón



Foto de José M. Góme. Wikipedia, CC BY-SA 3.0.
Suelo cumplir con mi palabra. Al regresar al Zoo un par de días después de mi encuentro con el avestruz, me dirigí de inmediato a la jaula grande y abierta donde se encuentran las Cabras Hispánicas. Hay que decir que nos hallamos ante una de las instalaciones más logradas del Parque Zoológico de Barcelona, ​​por el ambiente escenográfico de rocas y desniveles que busca recrear el hábitat natural de estos simpáticos animales. Quizás un poco pequeño, el lugar, es verdad, una lástima para las propias bestias, pero ello nos asegura poderlas contemplar con relativa facilidad. Las he calificado de simpáticas porque realmente las cabras salvajes, más conocidas con el nombre científico de Capra pyrenaica hispanica, son unos animales muy próximos a nosotros, que se acercan a nuestras queridas ovejas, pero que tienen un carácter y unos regímenes de vida independientes y salvajes, a la vez que muestran una cierta cordialidad hacia nuestra especie.

¿Quién no ha visto alguna vez un rebaño de cabras domésticas vagabundear por los campos y los caminos, sin miedo a trepar por las rocas y por los precipicios más expuestos, comiendo sin parar las hierbas que encuentran? A diferencia de las ovejas, las cabras no suelen necesitar pastor, ya que van a su aire, quizás los acompaña un perro, necesitan espacio para correr y lo hacen, como decía Frank Sinatra, "a su manera". Cuando ven a un humano, no se asustan pero tampoco saltan de alegría, se quedan más o menos quietas, mirando fijamente al intruso o a la intrusa. El excursionista intenta entonces acercarse, sube por una cuesta, trepa por algunas piedras, cuando de repente, se detiene de golpe: ¡un macho imponente lo recibe erguido e inmóvil! Sus ojos te escrutan y los cuernos parecen hablar por sí solos. La barbilla le da unos atractivos pero también maliciosos aires mefistofélico, y el excursionista, de repente atemorizado en lo más profundo de su ser, hace la señal de la cruz y se vuelve con el rabo entre piernas, sin mirar atrás, pero listo para echar a correr al primer soplido que oiga. Con esta pequeña descripción he intentado mostrar la naturaleza de estos animales tan entrañables e independientes. Pero las cabras que había en el Zoo no eran de las más o menos domésticas, sino de las salvajes que campan libres por las montañas. Por suerte o por desgracia, permanecían encerradas en una jaula.

Busqué al macho que el otro día me había clavado la mirada y al cabo de un rato, lo descubrí sobre una roca, de espaldas, como si quisiera ignorarme. Lo reconocí por la barba, larga y un poco deshilachada, y por la cornamenta regia. Debería ser el jefe de la tribu, pensé. De repente, el chivo se volvió, bajó unos escalones de aquella falsa montaña y, a tan sólo un par de metros, me clavó los mismos ojos del otro día. Tenía los párpados medio entornados pero la mirada, fija, indicaba que el animal estaba pensando. ¿Pensando? ¿Era correcta aquella palabra? Comprendí que tenía que afinar mi vocabulario si quería seguir visitando el Zoo, teniendo en cuenta que aquí la mayoría de los animales parecen filósofos encerrados en una Facultad de Filosofía, al encontrarse siempre en actitud pensante, cuando la realidad es que simplemente están sin hacer nada, impedidos de moverse y por ello, quietos y pensativos.

El cabrón me escrutaba con esa cara de demonio que la tradición le ha dado, no sé muy bien por qué, ya que parece un animal bastante civilizado, aunque había algo de inquietante en su mirada. Era como si tuviera la capacidad de atravesar la máscara de mi rostro y adentrarse hacia las partes más ocultas de uno. También debo decir que su barba de chivo tenía un punto de impertinente, sobre todo si le adivinabas una especie de sonrisa irónica mientras mordisqueaba restos de comida. Pero lo que más impresionaba era la fijación de la mirada, intensa y acerba. De repente noté que los dos cerebros, el mío y el suyo, tenían mucho en común, como si hablaran lenguajes mudos idénticos. Mudos, sí, pero que en cualquier momento podían coger forma y transformarse en palabras oscuras e incomprensibles, pero elocuentes respecto a la temática. ¿Cuál? Poder, sexo, instintos... Pensé que me estaba dejando influir por la tradición y que en realidad sus palabras no tenían nada que ver con las truculencias de siempre. Pero en cambio, tenía la absoluta certeza de que me estaba hablando. ¿De qué? No lo llegué a comprender, pero las palabras volaban en mi percepción como las hojas invisibles de un árbol mudo que sin embargo lleva escrito en letras secretas su mensaje.

Finalmente me decidí y, procurando que nadie me escuchase, le dije:

- ¿Se está bien en el Parque?

- Relativamente -contestó en un catalán que parecía provenir de las regiones occidentales de la llamada Franja.- El comida no está mal, pero faltan las horas de salida. Teniendo el Parque de la Ciudadela al lado, no les costaría nada dejarnos pasear unas horas al día, y no hay que preocuparse, regresaríamos todos. ¿Qué podríamos hacer por la ciudad entre el tráfico? Además, si quieren, nos ponen un chip en la oreja y sanseacabó. Hay también otras reivindicaciones que deberíamos pactar con los compañeros del Parque, pero creo que esta es la principal. Sí, noto a faltar más apertura, y me extraña que una ciudad con tanta fama de tolerancia como es Barcelona, ​​anti-taurina por decreto, permita estos abusos hacia unos seres vivos como nosotros.

¡Caramba!, pensé. Este chivo se las sabe todas. En cierto modo, se anticipaba a ciertas predicciones de estudiosos sobre la evolución urbana, que dicen que en un futuro no muy lejano la gente incorporará a los animales en las ciudades. Esto sucederá cuando hayamos llegado a un cierto nivel de conciencia que nos incorpore definitivamente en el reino animal del que muchos piensan que hemos salido.

- ¿Y de los aquelarres, qué? -le pregunté a bocajarro.

El cabrón me miró y se dio la vuelta sin contestar. Pero la mirada que me había dirigido era bastante elocuente. Aquella bestia era más sabia y enigmática de lo que uno podía pensar. Definitivamente, me había hecho un amigo. Decidí dar media vuelta yo también y dejarlo tranquilo. De hecho, se había escondido detrás de una roca y no lo veía por ninguna parte. No sería la última vez que hablara con aquel demonio de macho cabrío...

Antes de dejar este capítulo con su bestia cornuda, quiero reflexionar en voz alta y decir que si en esta ocasión pude dialogar con el chivo, fue porque este se encontraba en cautiverio. Si lo hubiera encontrado en las altas montañas donde suele vivir, seguro que nunca habríamos mantenido este diálogo tan largo e interesante. Mmmm, pensé, ¿no será esta una de las características propias de los parques zoológicos: poder hablar con los animales que lo habitan?...

domingo, enero 13, 2019

Fuera de los nacionalismos y de las ideologías: un marco para las diferencias




Cuando la confusión aprieta, suelo acudir a la playa para ver a mis amigos futurólogos. Lo hago a pesar del frío que estos días ha ocupado la Península, pues ya habrá comprendido el amable lector que esta manera tan curiosa de ver el futuro, paseando por la orilla del mar para situarse lo más cerca posible de la línea del horizonte, lo practican mis amigos haga el tiempo que haga, aunque a veces, en días de lluvia, el doctor Mercadal obliga a Bastides a quedarse en casa.

Frío en la atmósfera pero calor en la contienda; así podríamos definir la realidad política de nuestro país. Parece que los que viven de ella hayan abrazado la  condición de púgiles, pues estén donde estén, para ellos el lugar siempre es un ring. Se usa la palabra, desde luego, pero desde la razón verdadera e irreductible de cada uno, es decir, enfrentada a la del otro. ¿Y hay algo más cansado y aburrido que ver discutir a los políticos con las mismas palabras y la misma ambición de  someter al rival, no por convencimiento ni por el arte del raciocinio, sino por la fuerza de la potencia de voz o de las exiguas mayorías que da hoy el voto?

- Nosotros estamos ya en otro capítulo, Rumbau -me suelta Mercadal, nada más empezar a comentar esta saturación de la política.

- ¿Qué quieres decir?

- Pues que cuando se llega a estos niveles de colapso y de repetición, hay que dar un salto y situarse en otra fase, a poder ser un poco más avanzada en el calendario.

- ¿Y en qué fase os habéis colocado?

- Hace falta distancia y tiempo para llegar a entender lo que ocurre y relativizar las oposiciones que tan irresolubles parecen hoy. Y nosotros, al ser ya unos vejestorios, no podemos cruzarnos de brazos y esperar que el tiempo pase. Debemos adelantarnos y situarnos en un futuro avanzado, para analizar desde allí la situación.

A eso se dedican mis amigos en el día a día de sus paseos por la playa.

- ¿Y qué os dice esta posición avanzada?

- Que hay una enorme confusión en nuestros días, a causa de la poca claridad que existe sobre el quehacer político. Fíjate que vivimos en una época que podríamos llamar de 'libertades' que sin embargo no son reconocidas. Me refiero a la libertad de aceptar las diferencias y de dejarlas vivir y respirar a su aire, sin pretender homogeneizar lo que es diferente. El problema es que cada uno ve su propia diferencia, que busca afirmarse, pero no ve las que están a su alrededor, que tienen igual derecho a serlo. Pero para que unos y otros acepten las diferencias ajenas, debe ensancharse el marco de convivencia, capaz de garantizarlas. Pero también exige un cierto cambio de mentalidad, desde luego.

- Recuerdo que el otro día ya hablabais de esto, cuando postulabas la nueva tríada de Libertad, Diferencia y Fraternidad.

- Exacto. Y esto tiene más que ver con lo de la mentalidad que con la política. En lo social, el viejo lema de la Revolución Francesa, Libertad, Igualdad y Fraternidad, sigue vigente, cuando la igualdad se refiere a que la ley es igual para todos. Pero a lo que nosotros nos referimos es a algo más profundo, una nueva tríada que haga referencia no sólo a lo social sino también a lo personal. Y aquí se impone substituir la igualdad por la diferencia. Cambia de un modo radical el contexto. Hay que leerlo así: la Libertad de ser diferentes conlleva a la Fraternidad, algo nuevo, pues hasta ahora, lo diferente ha llevado a la separación. Mientras que en el viejo lema, la Fraternidad llega desde la igualdad: la libertad de los que son iguales es la base de la Fraternidad. Fíjate que así podríamos definir a los nacionalismos, hijos precisamente de la Revolución Francesa: fuera de los que somos iguales y por lo tanto fraternales entre nosotros, hay confrontación. Pues las igualdades comunes se enfrentan a las que son diferentes. De ahí la importancia y la necesidad de asociar la Libertad no a la igualdad sino a la Diferencia.

- Sí, en esto tienes razón, pues ser fraternales entre los que se sienten iguales no cuesta demasiado, es lo común, mientras que ser fraternales entre los que son diferentes, eso ya escuece más.

- Aquí en España, el problema se presenta en una doble vertiente: los nacionalismos por un lado, y las convicciones ideológicas por el otro lado. Ambas enardecen las diferencias sin aceptar la libertad de las ajenas, buscan la igualdad de ideas o de sentimientos para crear así sus fraternidades que sólo pueden ser parciales. Las defienden a capa y espada, con el enardecimiento de los poseídos por la verdad, sin aceptar la pluralidad de ideas y de sentimientos de pertenencia. Te dirán los convencidos de las ideas de que las suyas son las más avanzadas en relación al progreso  y que las otras a las que combaten son, por ejemplo, retrógradas, caducas, ancladas en decrépitas tradiciones, o al revés, demasiado avanzadas, extrañas, elitistas, etc. Los nacionalistas te hablarán de la patria, de la lengua, de la historia, palabras que pondrán en mayúscula, indicando así su singularidad (¡de Patria, de Lengua y de Historia sólo hay una!, exclamarán enardecidos), motivo por el que buscarán chocar contra las demás exaltaciones singulares. En ambos casos, estas fraternidades igualitarias se manifiestan como impostaciones que tienen su razón de ser en la Victoria Final, por la que luchan sin cuartel. Y cómo sucede en estos casos, los objetivos siempre justifican los medios empleados. De ahí la tentación totalitaria que se esconde en las pulsiones ideológicas o nacionalistas.

- Tienes razón, Mercadal, pero los convencidos te dirán que lo tuyo es un relativismo exagerado, incluso te lo tildarán de totalitario, pues es imposible aceptar tantas diferencias si no es por imposición.

- Y tendrán toda la razón del mundo, pues es evidente que pretender imponer el relativismo sería absurdo e imposible, una idea sin duda totalitaria.

- Pues entonces, ¿cómo ves tú la acepción de unas posturas tan difíciles de aceptar?...

- El tiempo y la cachiporra de  la Historia se encargarán, usando palabras que a ti tanto te gustan. O con los años y una caña, como diríamos en tiempos pasados. Pero además, piensa, Rumbau, que las cosas son más complejas de lo que parecen. Fíjate que a estas realidades de los nacionalismos y de las ideologías se juntan otras más prosaicas: me refiero a las élites y a los grupos de presión y de intereses que se sitúan detrás de estas pulsiones, para manipularlas y servirse de ellas. Y aquí es donde se constata si una sociedad ha alcanzado grados elevados de complejidad y de futuro o aún se halla anclada en las viejas pendencias de toda la vida. Pues si las élites, los creativos sociales y los grupos de presión se limitan a las pulsiones típicas de las patrias y de las revoluciones, habrá que esperar a que se quemen estos cartuchos, que suelen consumirse con dramatismo. Pero si, en cambio, buscan otras formas de singularizarse, desarrollando nuevas diferencias capaces de satisfacer sus necesidades de creatividad personal, social, política y económica, entonces se implantará de un modo natural el anhelado relativismo liberador, que para que funcione y se acepte, debe ser dinámico y generador de riquezas y de nuevas ilusiones, vocaciones y querencias de las personas.

- Pues todavía lo veo más difícil...

- No creas, Rumbau. Nuestras sociedades  modernas ya están yendo poco a poco por estos caminos. Todo este mundo de las start-ups y del emprendimiento empresarial y económico  es un claro síntoma de estos apuntes de relativismo y de descentralización de los proyectos y de las ideas de producción y socialización. Pero todavía se mueven en las órbitas de los grandes intereses, de los tópicos de siempre y de los centros de poder, de modo que carecen de suficiente potencialidad innovadora. Nosotros nos inclinamos por la emergencia de los polimonarquismos que llegarán a la Península hacia los años sesenta de este siglo. 

- Muy convencidos estáis de esta emergencia, Mercadal, pero yo francamente no lo veo tan claro...

- Porque te limitas a ver el presente y el pasado, sin enfocar el futuro. Es como si caminaras mirando atrás y al suelo, para no caerte, pero sin jamás mirar hacia adelante. Y cuando se mira enfrente, el futuro aparece y se inventa. ¿Acaso piensas que esos futuros que Google y los grandes centros de poder nos ofrecen no han sido inventados? No veas el dinero que han invertido para pagar a los visionarios que tienen a sueldo. Con una ligera desventaja: sus pautas de futuro llegan marcadas por las líneas de intereses de las compañías, que saben muy bien lo que buscan. De ahí que el futuro que nos ofrecen sea tan poco interesante, pues está apañado por esos intereses y por el pensamiento tecnológico que sustenta a estas corporaciones.

-  Esto es verdad, todas sus inversiones están puestas en la Inteligencia Artificial, que debe ser la panacea del futuro.

- En cierto modo, buscan el relativismo de las diferencias, pero sólo las ofrecidas por ellos o bajo los impulsos de sus intereses. De ahí este halo de modernidad futurista que tienen sus inventos y sus profecías. Nos ofrecerán un infinito consumo de las diferencias al que podremos optar y acceder a través de sus mecanismos de participación tecnificada. Será un relativismo totalitario, como decíamos antes, impuesto por los centros mundiales de poder y de control, en el caso de que se pongan de acuerdo en unificar sus ofertas, en caso contrario se establecerá en base a bloques de confrontación provistos de diferentes modos de instaurar y garantizar las diferencias, algo así como lo pronosticado por Orwell en su famosa novela 1984. 

Bastides, que aún no había abierto la boca, intervino entonces poseído por alguna visión que le llegaba del horizonte: 

- ¡En verdad en verdad os digo, que tienes toda la razón del mundo, Mercadal! Los polimonarquismos que nosotros vemos con tanta claridad llegarán sin que nadie se dé cuenta de ello y por la puerta de atrás, como suele suceder cuando se filtran las novedades que llegan para quedarse. Será un despertar de la creatividad catalana que por fin podrá liberarse de sus cadenas procesistas, pues el Procés durará buena parte del siglo XXI para quedar finalmente cristalizado en pequeñas formas sociales de unidades diminutas aunque siempre muy activas, perfectamente integradas en el mapa neomonárquico que despertará el furor innovador de Cataluña a cotas jamás alcanzadas. Será una verdadera revolución silenciosa que emergerá a la chita callando y que cambiará para siempre el paisaje de la Península Ibérica, ya preparada entonces para acoger y desarrollar en su seno las nuevas ideas de excitación de lo particular. 

Siguió perorando Bastides con inspiradas palabras sobre Poli y Neomonarquismo, estos emergencias sociales que ellos ven en el futuro lejano de la Península y que están destinadas a cambiar Europa y el mundo entero. Lo hizo mientras avanzábamos hacia el Hotel Vela, los pies mojados por un mar de olas largas y frías que tanto ayuda a hacer volar la imaginación de los futurólogos. Pero dejaremos esta cuestión para otro día, necesitada como está de mayores extensiones. De hecho, podemos anunciar desde este blog la próxima publicación de un nuevo paquete de cartas escritas por Romà Bastides a sus conciudadanos, tras aquella primera entrega que hizo en 2005 (cartas publicadas en catalán por Arola Editors con el título de 'La Colla de la Platja i el Futur de Catalunya'). Lo anunciaremos en breve.

martes, enero 01, 2019

El elegante avestruz



Avestruz, foto Wikipedia: "Diego Delso, delso.photo, License CC-BY-SA"
Dignidad, libertad y prestancia. Palabras que irán apareciendo a lo largo de estas páginas de Animalia. Y dentro de estos parámetros generales, constato como la animalidad se nutre de un polimorfismo exacerbado e inagotable que configura la extraordinaria riqueza del mundo natural. Todos los taxones son posibles. Formas pequeñas, microscópicas unas, medianas otras, grandes o gigantescas. Están los que nadan o flotan, los que se arrastran por el suelo, los que corren como cohetes y los que vuelan por el aire.

Pasa lo mismo con los humanos: los hay de todo tipo. Sin embargo, ya podemos tener la nariz larga, las orejas grandes o pequeñas, los cuellos cortos, los ojos estirados o redondos, o las piernas delgadas, que todos somos iguales. Bueno, iguales no, más bien todos somos diferentes. De hecho, muchos estipulan que cada persona constituye en sí misma una especie distinta, tales son las diferencias, visibles e invisibles, que hay entre uno y otro ejemplar. Y sin embargo todos somos iguales... Sin duda es en esta paradoja donde se encuentra uno de los secretos de nuestra condición humana y animal: todos somos a la vez iguales y diferentes, no un poquito, sino radicalmente iguales y diferentes. Como también lo son las diferentes especies del Reino Animal, unidos por la capacidad de movimiento, pero diferenciados por la forma y su intimidad sustantiva.

Ahora bien, si todos somos tan diferentes y nos gusta tanto serlo, ¿por qué no sumar nuestros taxones específicos al repertorio de las taxonomías animales existentes? ¿No serviría eso para acusar aún más las diferencias, incorporando a la creatividad humana el rico patrimonio de la creatividad animal? Se abre aquí una rendija que la irrefrenable imaginación humana no tardará en abrir y ensanchar, como los autores de ciencia ficción no se cansan de reiterar. Es decir, gracias a la combinatoria de la reproducción, bien asistida por los diseñadores genéticos, no se tardará mucho en hablar de un hombre-pez guapo y apuesto, de una mujer-caracol vivaracha y licenciada en derecho, por no decir ya de un niño-tapir escolarizado en una granja de cría de personas canguro... ¿Tendrá esto un día traducción real en la creatividad genética de nuestra especie? Sin duda las puertas ya están abiertas para que así sea. El distintivo humano, es decir, lo que nos hará humanos de verdad, no será tanto la forma sino la autoconciencia ligada a la dignidad y al principio de libertad, y no es de extrañar que en un futuro los signos de esta autoconciencia aparezcan en formas mixtas de hombre-león, hombre-perro, mujer-avestruz, por no decir ya simples bestias evolucionadas, mientras que muchas de las formas puras hombre-hombre, mujer-mujer o mujer-hombre puedan carecer de la más mínima autoconciencia... Paradojas del futuro que no tardaremos en ver.

Vayamos de nuevo al Parque Zoológico, allí donde un animal ha llamado nuestra atención: el avestruz. No es extraño que así sea: su recinto se encuentra justo delante de la entrada principal del Parque, y es normal que tropecemos con él, sobre todo si tenemos la suerte, como me ocurrió a mí, de encontrarme con la magnífica figura de un avestruz plantado en primera fila.

Quién no ha visto nunca a este animal con atención, vale la pena que se detenga y lo observe durante varios minutos por no decir unas cuantas horas. No se arrepentirá. Se trata de un ave -¡la más grande que existe!- que en vez de volar, corre, evidentemente muy deprisa, gracias a unas patas largas y poderosas, y a unas alas cortas que le sirven para guardar el equilibrio. Pero lo que me cautivó de entrada fue su acusada personalidad, debida a una presencia sin duda insólita y refinada. Estaba el ejemplar a sólo un par de metros de distancia y me apoyé en la barandilla para contemplarlo con atención. ¡Qué atuendo más exquisito y original, compuesto de un plumaje viejo y polvoriento que le daba un porte básicamente femenino! Parece mentira que la palabra avestruz sea del género masculino. Pero si parecen viejas damas de otra época, de las que iban cubiertas de pieles que les caían por los lados y las obligaban a caminar con torpeza, saltarinas y quebradizas, mientras hacían cola para ir a la ópera. Quedé fascinado por aquella visión inesperada. ¡Qué manera de caminar, entre tímida y coqueta! De repente, la vieja dama se detuvo y se quedó con la boca abierta, los labios en pico, largos y duros, abiertos. Detenida por algún inesperado asombro, no sabría decir cuál, los ojos excitados, quizás sufre de hipertensión, aunque no tarda en cerrarlos quedándose con la boca abierta, y te das cuenta que en realidad está haciendo una siesta. ¡Bendita señora! Se trata, sin embargo, de un macho, ya que tiene las plumas negras...

Su cuello es largo y arrugado, casi de reptil, pero muy elegante, flexible y ondulado. Sus patas, poderosas, estiradas y nudosas, al estar desnudas la hacen aún más coqueta. ¡Qué animal más raro e intrigante! Parece que vea un avestruz por primera vez.

Decidido a averiguar más sobre el mismo, me entero de que se ha convertido en un animal de cría, reproducido en granjas por todo el mundo, especialmente en Estados Unidos, aunque ya empieza a haberlas en España (en Gerona, según me han contado en el Mercado de la Boquería, hay unas cuantas). La razón es que de él se aprovecha todo: la piel (muy apreciada en las pasarelas, Armani las exhibe con asiduidad), las plumas, la carne, la grasa e incluso las uñas (para pisapapeles, ya que son muy duras). ¡Pobre avestruz! Sólo de imaginarlo sin plumas, me lleno de indignación. ¡Qué ignominia! Un animal tan noble que suele vivir, dejado en libertad, entre 60 y 70 años. Con una dieta sana, libre y sin depredadores, ¡quizá llegaría a los cien! Suelen matarlos a los 10 meses de edad, pues más tarde la carne se vuelve demasiado dura. ¡Qué escarnio, y qué disparate!

Foto Wikipedia: "Diego Delso, delso.photo, License CC-BY-SA"
Permítame, lector, que llegados aquí, yo que soy un defensor acérrimo de las Corridas de Toros y que he comido carne toda la vida, me pregunte consternado: ¿por qué los humanos nos hemos de alimentar de carne? Patos, pollos, cerdos, ovejas, vacas..., ¡y ahora, avestruces! Los canguros hace tiempo que también se crían en granjas. Comprendo que cuando emergimos como especie, necesitáramos este plus de proteínas. La caza ha sido un arte y una necesidad durante centenares de miles de años. Hace muy poco, tan sólo doce mil años, que descubrimos la ganadería y la matanza sistemática. Hasta llegar a la horripilante industria alimenticia de hoy en día. Pero ahora que ya somos urbanos, que hemos dilapidado casi todos los bosques salvajes y que las selvas retroceden año tras año, es un poco absurdo que todavía necesitemos matar a otros animales para alimentarnos. ¿Es que somos caníbales? Estoy seguro de que dentro de doscientos años, si es que aún quedan humanos, pasaremos como tales: asesinos en serie de animales.

Ante estas crueldades, las Corridas de Toros me parecen una antigüedad noble y elegante, un anacronismo respetuoso y comprensivo, casi civilizado. Claro que también tendrán que desaparecer, pero empecemos por eliminar las granjas de exterminio y los mataderos -aunque hablando de matanzas, antes deberían eliminarse las guerras, si tenemos en cuenta el principio de la igualdad entre los diversos componentes del Reino Animal.

Pero dejemos los toros, las Corridas y las guerras para más adelante, y regresemos al entrañable Parque Zoológico de Barcelona. Impresionado por la imagen del avestruz, me quedé más de una hora contemplando aquel ejemplar que se me ofrecía con tanta amabilidad. Apenas cambió de posición. De vez en cuando hundía su pico entre las plumas, se rascaba, supongo. Giraba el cuello con elegancia, y sólo movía un poco el cuerpo, balanceando su vestuario, mientras las piernas rectas le temblaban ligeramente. Al final me fui, al tener la impresión de que de tanto mirarlo, invadía su privacidad. Y para dejar espacio a los niños y a las familias que se acercaban impactadas también, pero con prisas, gritos y preocupaciones.

Seguí paseando por el Parque, pero aquella impresión del Avestruz permanecía clavada en mi mente. Pensé que no valía la pena continuar. ¿Acaso mis visitas deberán limitarse a un único animal?, me pregunté consternado. Bueno, por eso uno se hace socio amigo del Zoo. Vi entonces a una Cabra Hispánica frente a los avestruces. Sería el objetivo de mi próxima visita. Y es que por encima de una roca, en una jaula que casi no lo parecía, atisbé un Cabrón que me había clavado el ojo. ¿Será Satanás?, pensé. No, era un Macho Cabrío español de mucho cuidado, provisto de una larga barba y unos cuernos imponentes. ¿De qué provincia de España sería?, me dije asustado. Lo saludé y me contestó con un soplido.

- Hoy no -le dije- Mejor quedamos para la próxima semana.

No pareció demasiado convencido, pero al instante me ignoró.

¡Qué lujo!, pensé, tener todos estos animales en tu propia ciudad, poderlos visitar si quieres, charlar con ellos y descifrar sus pensamientos y sus emociones. Claro que sería mejor tenerlos más cerca de tu casa y poderlos ver cada día sin tener que pagar una entrada. Ese mismo Cabrón, ¿qué debería estar pensando? Pero lo dejé para otro día. Me quedaba con el Avestruz. Con el recuerdo de "ella" tenía más que suficiente.

domingo, diciembre 30, 2018

El Rey León

(versió en català)

Kevin Pluck [CC BY 2.0 ], via Wikimedia Commons

Cuando hablamos del Zoológico y de sus habitantes, uno de los que más llama la atención del público es el León. La razón es clara: pertenece a la Casa Real selvática y, pese a no utilizar ningún cetro, la corona se le da por supuesta. Esta principalidad jerárquica explica muchas cosas: de entrada, que sea el animal más feliz del Zoo. Sabido es que el león suele pasarse el día durmiendo, acostado al sol espantando las moscas con la cola. Se dice que es la leona quien caza y que el león se limita a rugir y, como es de esperar, a comerse las mejores partes del botín. Después, punteado por los bostezos, suele hacer una siesta que dura horas (20 al día, al parecer). En el Zoo, esta costumbre aún se realiza con más exactitud, ya que ni siquiera tiene que salir a cazar: los empleados del Parque le llevan diariamente la comida. Esto no es ninguna crítica ni los otros animales del entorno lo ven como un privilegio insultante: todo el mundo acepta esta realeza natural sustentada por la cabellera que le caracteriza, así como por la naturaleza extraordinaria de su rugido.

Se trata de una condición, la suya, perfectamente asumida por grandes y pequeños, felinos y cérvidos, aves y reptiles. Quizá no por las pulgas ni por las ratas, estas bestias impertinentes y mal educadas, pero no dejan de ser la excepción que confirma la regla. Nadie le niega ni el título ni el papel. Y sin él ser consciente, de alguna manera sí lo es, como lo manifiesta la tranquilidad de su gesto, que se impone sin tener nunca que justificarse. En el Zoo, esta condición real se acepta y se respeta: tanto los empleados municipales, veterinarios e investigadores, como el mismo público, saben que una corona invisible permanece siempre en su cabeza, del mismo modo que los reyes actuales de los humanos no necesitan llevar sus trajes y distintivos cada día. La verdadera diferencia entre unos y otros radica en que los reyes de naturaleza humana sí necesitan disfrazarse y ponerse la corona de vez en cuando, aunque sea una vez al año o una vez en la vida, para que la gente lo recuerde, mientras que el león, salvo en los dibujos animados y en las caricaturas, en la vida real nunca lleva corona. Por lo demás, las similitudes son grandes: en ambos casos, no se les exige ningún trabajo y se pasan la vida sin hacer prácticamente nada. Sólo han de "estar" y "ser", y de vez en cuando, "rugir".

Después de estas palabras introductorias al león, se comprenderá que cuando entré en el Zoo con ánimos de empezar a redactar esta crónica, una de las primeras cosas que hice fue visitar al Rey de la Selva. Era una manera de homenajearlo y de someterme a la jerarquía. Llegué y allí lo vi, bien, a las leonas es a quien vi, ya que ninguno de los señores estaba a la vista. De repente descubrí a uno: acostado entre un grupo de sus señoras. La cabeza reposaba sobre una piedra y de lejos semejaba un fardo de pieles doradas. Al verlo así dormido, pensé que parecía un rey destronado. ¡Pobre león! Y sin embargo, ¡qué prestancia y qué distinción! ¡Qué rostro de majestad e imperio! ¡Qué serenidad dura e indiferente! ¡Qué amplitud de frente regia y magna! ... ¡Y eso que sólo dormía!

Para verlo bien, tuve que esperar un rato, pero al final levantó la cabeza, miró al público, parpadeó dos o tres veces y, de repente, abrió la boca en un regio y magnífico bostezo. Las cámaras de fotografiar del público, que habían esperado aquel instante con ansiedad, dispararon todas a la vez, sin que al león le importara un bledo. Al terminar el bostezo, apoyó de nuevo la cabeza y volvió a su somnolencia.

Sí, no había duda, mi primera impresión había sido correcta: bajo aquella apariencia de lánguido aburrimiento, el León era el más feliz de los habitantes del Parque. Comprendí que el León ejercía su cargo con vocación, y que era en el Zoo donde mejor se expresaba su regia leonidad.

Además, de todos sus compañeros de Reino, creo que el León es quien tiene más justificada su reclusión. No porque haya hecho nada malo, ya que la mayoría de los leones que habitan en los parques zoológicos de las ciudades suelen ser buenas personas y no tienen asuntos pendientes con la justicia, ni la divina, ni la humana, ni la animal. No, su castigo, si de castigo puede hablarse, es por el símbolo que representa: el poder regio, la Monarquía. Ponerlo en un Zoo es encajarlo en una constitución. ¿Les molesta eso? No lo creo: se vive bien, el sueldo no es malo, el trabajo es poco y se mantienen las distinciones. Es desde el lado del Símbolo que pueden sentir algún escozor, o mejor dicho, una cierta nostalgia. Pero los humanos han aprendido, a lo largo de los siglos, que es mejor tenerlos en una jaula, aunque sea dorada. Que luzca su empaque, sí, pero entre cuatro paredes.

Vincenzo Gianferrari Pini [CC BY-SA 2.5 it ], from Wikimedia Commons
Para acabar de ensalzar su figura, nada mejor que ver lo que pasa cuando se le exhibe en el circo -o se la exhibía, ya que me parece que lo han prohibido-. Lo he visto varias veces, en directo y por televisión. El domador, disfrazado de Tarzán, busca siempre lo imposible: ser él el Rey, destronando a quien lo es por ley natural. Recuerdo que su figura, heroica entre las fieras, nunca lograba la realeza que buscaba. Era como si un domador simio pretendiera ser humano domando a unos humanos. Podía jactarse de su valentía, y eso nadie se lo discute, y aún de muchos otros atributos todos ellos dignos y meritorios (gracia, arte, tenacidad, astucia, picardía, mano izquierda, voluntad, heroísmo, elegancia, maña...) pero nunca el brillo de la corona pasaba de uno al otro. Daba la sensación de que las fieras obedecían por educación, como lo hacen los reyes coronados cuando asisten a los desfiles, a las bodas o a las inauguraciones, para no dejar en ridículo a quienes les dan de comer, actuando con afecto e incluso con mimo hacia el domador, por ejemplo dejándole poner la cabeza dentro de su boca sin comérsela. Y es que sabe muy bien el león que, por mucho que el otro lo pretenda, la corona no se la quita nadie. Porque la corona es él.

Llegados aquí, hay que volver atrás y centrarnos de nuevo en el deslumbramiento que nos ha provocado la imponente presencia de la fiera. ¿Realeza? Más bien deberíamos hablar de Dignidad para indicar las cualidades y la valoración que el león nos despierta. Sus atributos, que consideramos elegantes, majestuosos, nobles, dignos, indiferente a las banalidades, no son más que el espejo en el que proyectamos todas estas cualidades, un modelo natural donde poder encarnarlas.

¿Pero cuando comenzó esta manía y todo este jaleo de las proyecciones? El león, rey. La tortuga, sabia. El caballo, noble. El burro, tonto... Qué pesados somos… Y sin embargo, creo que constituye una de las aptitudes principales de los humanos. Millones de años de observarnos los unos a los otros propiciaron que al final, una de las especies, la nuestra, se diera cuenta de las diferencias. El primate homínido que se separó de la rama común de los chimpancés hace seis millones de años intuyó que mirar era ver al otro, adivinó la dualidad esencial de la percepción y, en la distancia entre el que mira y lo mirado, nació el espacio para lo que hemos llamado conciencia con un poquito de auto-conciencia. Desde entonces no hemos cesado de calificar y de ordenar los modelos que la naturaleza nos ofrece, proyectando en cada uno de ellos nuestras cualidades deseadas o desdeñadas. Así se crearon las primeras culturas animistas, que más tarde subieron de tono con las divinidades zoomorfas para acabar con los dioses personalizados.

Observar a los animales sin reprimir nuestra capacidad de proyección y desde la ingenuidad de una percepción apriorística, disfrutando de ello sin reparo, así como de los diferentes contenidos que la tradición les otorga, ¡qué delicioso entretenimiento!