lunes, julio 06, 2009

SIEMPRE EL OESTE, de Josep M. Romero.

Acabo de leer el libro de viajes o más bien, el libro de “La vuelta al mundo sin avión y sin mapa” de Josep M. Romero cuyo título real es SIEMPRE EL OESTE con un segundo subtítulo muy ilustrativo que dice: “Un viaje íntimo de catorce meses”. Tras el largo recorrido mental y geográfico que ha sido su lectura, tengo que decir que me ha gustado mucho.

Son un montón las virtudes y me limitaré a mencionar aquí las que más me han interesado como lector. De entrada, y creo que ello constituye una de las mejores cosas que pueden decirse de un libro, atrapa. Desde la primera página hasta la última, la lectura te engancha a la ruta seguida por el autor –se trata de un relato autobiográfico– de modo que el viaje emprendido, descomunal por su duración (catorce meses) y por las distancias recorridas (77.247 Km, según especifica el autor) se convierte en tu propio viaje, deseoso de ir saltando de país en país o de continente en continente, mientras los capítulos se van sucediendo uno tras otro. Una característica que denota oficio y un trabajo muy cuidado y meticuloso del texto, en el que no se ha dejado nada al azar, dosificando la información dada y los detalles del viaje con elaborada contención.

He aquí una segunda virtud, al menos para mi, que se desprende de la anterior: el libro es una perfecta anticipación de lo que en un futuro se llamará “conciencia planetaria”. El relato de Romero nos presenta una manera de percibir y de comprender el mundo que en realidad es nueva, pues responde a una visión global hasta hace poco inexistente, pero que cada día que pasa adquiere mayor predicación. De alguna manera, todo el ancho mundo es ya su propio país, como sucede a las personas que al conocer muy bien un lugar, se apropian del mismo. Claro que esto no es algo que se da, sino que debe conquistarse.

Creo que hay dos factores claves que permiten esta “apropiación”: por un lado la condición profesional del viajero Romero –guía turístico con más de treinta años de experiencia– y por el otro el hecho de viajar a través del mundo no como turista sino como un simple trabajador más junto a los otros trabajadores, sean marineros, pilotos de barco, ferroviarios, taxistas, otros viajeros o conductores de autobús que le acompañan, trabajo el suyo que no es otro que el de “dar la vuelta al mundo sin aviones y sin mapas”. ¿Un trabajo eso?, preguntará alguien. Pues sí, un trabajo tremendo cuyos entresijos y a veces duras condiciones el libro va desvelando página a página.

Quién desde joven se ha acostumbrado a viajar trabajando –como guía, en el caso de Romero, o como titiritero en mi propio caso–, ya nunca más puede hacerlo como un turista, porque el conocimiento de la realidad que subyace a su experiencia se lo impide. Consiste en una especie de estigma que el viajero no puede sacarse de encima, por mucho que lo intente. Un estigma que se nota en el libro de Romero y que constituye sin duda una de las claves de su atractivo: en la lectura no viajamos a la manera de los suplementos dominicales de los periódicos sino como realmente lo hace quién tiene la necesidad de hacerlo. Una necesidad que pertenece a la esfera privada del autor, pero de la que nos hace indirectamente partícipes al compartir con nosotros su actitud y su peculiar percepción de las cosas. Desde luego, hay pistas: como la insistencia en la figura del “expatriado” para referirse a los que van deambulando de un lugar a otro sin rumbo fijo ni parada asegurada. Romero es sin duda uno de estos “expatriados” cuya patria propia, por muy querida que sea, se le ha quedado pequeña o tal vez “extraña”, motivo por lo que siente la necesidad de ampliar sus referencias. ¿Y qué mejor que considerar el mundo entero como su propia casa? Esto se dice rápido, pero tenerlo de verdad requiere tesón y esfuerzos grandes. De ahí esa necesidad de abrazar físicamente el planeta, de darle la vuelta, paso a paso y kilómetro a kilómetro, a ver si de una vez te apropias de él y el expatriado puede seguir siéndolo pero con la certeza íntima y secreta de que en realidad ya tiene una patria nueva: el mundo entero.

(J.M.Romero en Laos)
Tal es, a mi juicio, el gran atractivo y la gran ambición del libro de Romero. Este anhelo insufla el texto de principio a fin sin que aparezca en ningún momento explícito, y es lo que nos seduce ya desde las primeras páginas. El tono intimista del libro permite que estos anhelos y estas necesidades subyacentes salgan a la luz, a través de las actitudes de escepticismo del narrador, de la percepción realista, de su pereza ante las visitas de obligación turística, de espontánea curiosidad por las personas pero también por las ciudades, los bares, los restaurantes, los hoteles, los barcos de carga con los que viaja, o por los mismos amigos a través de los que va jalonando el viaje. La relación que establece con los lugares es de atracción o rechazo, de familiaridad o de extrañeza, es decir, relaciones que buscan ponderar los grados de pertenencia así como los mecanismos ocultos que los explican.

Como comprobará el lector que se interne en sus páginas, el libro está lleno de detalles, pero al no existir ninguna compulsión patológica del tipo “tener que verlo todo”, el narrador se permite seleccionar los detalles con la mirada de la necesidad del viajero, que son las pinceladas que componen los frescos del viaje, con sus ciudades, sus mares paradisíacos o amenazadores, sus paisajes deslumbrantes, sus sorpresas de todo tipo. Frescos que surgen espontáneos y concisos, casi escuetos, justo para dejarnos el sabor en la boca y las ganas de saber más.

Curioso como la emoción del relato aumenta al adentrarnos en Asia, dónde el autor tiene unos profundos vínculos que proceden de su juventud. Pesan aquí los viajes iniciáticos de los años sesenta y setenta, cuando los jóvenes europeos se lanzaron a recorrer las latitudes asiáticas antes de que el avance de la modernidad y sus terribles secuelas deje fuera de los circuitos a algunos países de la zona, como Afganistán, Pakistán o la bella Cachemira. Hay constantes alusiones nostálgicas a aquellos años, en los que el autor llegó hasta lo más extremo de los Orientes. Y se nota, especialmente cuando al llegar a Tailandia, y más tarde a Laos, dice sentirse como en casa. También la India está presente, aunque no figure en el trayecto del viaje: un lugar querido y conocido, que las circunstancias del momento no juzgan oportuno cruzar.

Necesita el autor la familiaridad del lugar que uno ya se ha apropiado, pero a la vez la extrañeza de sumergirse en una cultura y una lengua distintas, mientras el inglés, el idioma de las viejas canciones de rock, se instaura como sólida y amable lengua franca. El contraste con sus impresiones en Latinoamérica es fragante: allí, dónde la cultura y la lengua son tan cercanas, la tensión social, humana e incluso diría geográfica, lo distancian del lugar: demasiada cercanía descarnada e impúdica. En cambio, en Extremo Oriente, la distancia de lo extraño se convierte en el cojín de apoyo desde el que poder acercarse a sus realidades, por muy duras que algunas de ellas sean.

Puestos a entrar en los detalles, me gustó mucho la parte china, pues en ella Romero nos sitúa con muy buen ojo respecto a este país tan grande, tan presente y a la vez tan lejano de nosotros. Sus descripciones tienen la agudeza del estilete y son una preciosa guía para orientarse en estas latitudes. También los episodios con los “amigos” destacan en la obra: desde el encuentro con su viejo conocido Carles en Brasil, con escenarios y secuencias que nos recuerdan al mismísimo Conrad, a los sucesivos encuentros que van surgiendo por las ciudades del mundo, momentos mágicos y entrañables que son agradecidos altos en el camino, en los que de pronto se aclaran muchas de las claves del lugar visitado.

En definitiva, recomiendo mucho la lectura de SIEMPRE EL OESTE: encontrará el lector en él un libro honesto de viajes, que surge de la necesidad y que alcanza en su misma realización los objetivos perseguidos: hacerse con una idea propia y cabal de la ancha casa planetaria en la que vivimos.


Nota: SIEMPRE EL OESTE está publicado en la Colección Heterodoxos de la editorial Altaïr. La versión catalana aparece en la Col.lecció Ulyssus, de Brau Edicions. Para más información, http://www.jmromero.com/

7 comentarios:

Enigma dijo...

Por casualidad he entrado en tu blog, estoy leyendo el libro del que haces comentario, estoy de acuerdo contigo sobre lo que describes, me agrada la lectura y me apasionan los viajes.

Un saludo,

Redacción Blog dijo...

Hola Enigma,
fantástico que coincidamos y que estés con el mismo libro. Seguimos en contacto.
Saludos
Toni

fustaki dijo...

Hola, yo también me encontré hace unas semanas con ese libro en las manos. Desde entonces cada mañana yendo al trabajo en el tren de Barcelona a Sant Cugat recorro un trocito de mundo con J.M., miro por la ventana y sueño con estar a miles de kilometros.
Luego en la oficina echo un vistazo al Google Maps para fijarme más en la ruta :)
Un saludo!

Redacción Blog dijo...

Seguro que el autor estará contento de leer tu comentario.
Saludos
Toni

J.M. Romero dijo...

Hola,

He leído el artículo y los comentarios. Me siento muy feliz por la mágica conexión.

Muchas gracias,... y buena suerte en el camino.

JMR

Anónimo dijo...

Acabo de leer el libro y buscando en Internet, todavía bajo su influjo, he encontrado tu blog. Coincido totalmente con tus comentarios. Su atrapaente lectura me ha llevado, mientras lo iba leyendo a buscar por mapas e Internet los lugares que iban apareciendo. Sin ninguna duda, de los mejores libros que he leido. Para añadir algo nuevo, me han gustado especialmente, quizás por afinidad generacional, las conexiones tintólogas; pocas pero tan cercanas ....

Anónimo dijo...

Si, probablemente lo sea