lunes, marzo 20, 2006

El titiritero y el principio de identidad

Querido bloguero, cómo ya te habrás percatado, y de acorde con mi condición titiritera, uno de lo temas más tratados en este blog es la inducción a desdoblarnos propia de nuestra tiempo: ser a la vez uno y dos, sujeto y objeto, titiritero y títere, actor y máscara. Una dualidad que de alguna manera, al ser asumida, ensancha nuestro espacio interior, de modo que parte de lo que antes proyectábamos fuera y nos inventábamos para ubicar lo proyectado, ahora se queda dentro. Esta dualidad, que al ser interior se vuelve intercambiable, exige la presencia de un tercero, un ojo espectador, un observador de nostros mismos, personaje neutro pero perspicaz de nuestro engranaje cognitivo: su función no sería tanto la de controlar o dirigir como la de observar. Practica pues la no-acción, y deja el actuar para el par sujeto/objeto, actor/máscara, más proclives a ello.

¿Dónde está, en este contexto, la identidad? No será ese ojo observador del que antes hablábamos: al no actuar, no es visible ni se exhibe, de modo que difícilmente se le puede dar título identitario (motivo por el que goza de la libertad de no tenerlo). Lo normal sería dárselo al polo “actor” de la dualidad, pero el problema es que no suele manifestarse como tal sino a través de sus máscaras o títeres, es decir, de los personajes que se inventa. Son esos personajes los que actúan en sociedad, se comunican, establecen relaciones, etc. ¿Son, pues, nuestras máscaras las que determinan nuestra identidad? Eso parece, pero si así es, ponemos el principio de identidad muy por los suelos, en manos de algo que cambia, que es más un rol que una sustancia. Más que de Identidad, tendríamos que hablar de identidades para referirnos a esa pluralidad de máscaras con las que nos comunicamos con los demás.

Los actores que se dedican a los culebrones conocen bien este tema: la gente de la calle suele confundirlos con los personajes que representan cada día en la televisión, y suele pasar que más de uno recibe alguna reprimenda y a veces algún tortazo por cualquier fechoría que no ha hecho él sino su personaje. En la vida normal, lo propio es identificarse con alguno de los personajes en el que más destacamos, que no es necesariamente ni el mejor ni el peor, sino por lo general el que más encaja con lo que los demás esperan de nosotros. A los demás personajes, los guardamos como buenos titiriteros en el cuarto de atrás de nuestro teatrillo. Lo malo es que la mayoría lo ignora, y en vez de tenerlos entre bastidores listos para actuar cuando la situación lo requiere o cuando ellos lo desean, nos dedicamos desde el inconsciente a proyectarlos en los demás, creando este típico cuadro hecho de atracciones y repulsiones que caracteriza nuestra vida social: amar a los buenos que encarnan lo positivo de nosotros, y odiar a los malos objeto de nuestras proyecciones negativas.

El principio de identidad única se asienta en esta archisobada patología: nuestro gran Yo es esa máscara a la que damos el rol de único protagonista. Es normal que al llegar a los cincuenta años, y ante la perspectiva actual de durar otros treinta o cincuenta años más, esos Yos impostados se caigan de cansancio, agotados de tanto actuar. También se entiende que pisando su cadáver surjan algunos de los demás personajes hasta entonces amordazados, dispuestos a decir la suya y mandando al infierno el edificio hasta entonces construído por el anterior.

Desde el punto de vista titiritero, habría que hablar pues de “principio de identidad múltiple”, lo que no deja de ser una contradicción y una curiosa novedad. Ya estamos en el tema de la “paradoja” y del “consenso contradictorio”, del que tanto se habla hoy en día, seguramente porque es una manera de expresar en términos unitarios la complejidad contradictoria de la que estamos hechos.

Si encajamos estas consideraciones con el tema de las identidades colectivas, rápidamente se desmoronan las pretensiones monopolizadoras de éstas. Al ser nuestros yoes distintos y contradictorios entre si, se entiende que cada uno de ellos busque su afinidad colectiva por sus propios fueros, creando una superposición de identificaciones diferentes y a veces opuestas. De modo que a una identidad individual múltiple le corresponde una pluralidad de identidades colectivas.

Reflexiones de un titiritero hechas desde el retablo de su blog.

3 comentarios:

Anónimo dijo...

GENIAL. CADA VEZ MÁS AFINADOS TUS COMENTARIOS. YO PENSABA QUE TU ALMA DE TITIRITERO BONACHÓN SE FUNDIA CON LA DEL PERSONAJE EN UNA MULTICOLOR SINTONÍA QUE ELEVABA EL TITERE A LA CATEGORÍA DE PERSONA A LA MANERA DE LOS VIEJITOS TITIRITEROS TIERNOS QUE MANDAN A DORMIR A SUS TÍTERES,Y HASTA LOS "ACOCHAN". OTRA COSA: EN ESTA REFLEXIÓN, EL GESTO QUE USTED HACE CON SUS MANOS DEBAJO DEL OBLIGO DETRÁS DEL TEATRITO ANTES DE EMPEZAR UNA FUNCIÓN A QUÉ PERSONALIDAD RESPONDE?SERÁ QUE HAY OTRO PROTAGONISTA EN LA HISTORIA CON UNA CABEZA MUY ESPABILADA?

Anónimo dijo...

GENIAL. CADA VEZ MÁS AFINADOS TUS COMENTARIOS. YO PENSABA QUE TU ALMA DE TITIRITERO BONACHÓN SE FUNDIA CON LA DEL PERSONAJE EN UNA MULTICOLOR SINTONÍA QUE ELEVABA EL TITERE A LA CATEGORÍA DE PERSONA A LA MANERA DE LOS VIEJITOS TITIRITEROS TIERNOS QUE MANDAN A DORMIR A SUS TÍTERES,Y HASTA LOS "ACOCHAN". OTRA COSA: EN ESTA REFLEXIÓN, EL GESTO QUE USTED HACE CON SUS MANOS DEBAJO DEL OBLIGO DETRÁS DEL TEATRITO ANTES DE EMPEZAR UNA FUNCIÓN A QUÉ PERSONALIDAD RESPONDE?SERÁ QUE HAY OTRO PROTAGONISTA EN LA HISTORIA CON UNA CABEZA MUY ESPABILADA?

Toni Rumbau dijo...

Querido usuario anónimo: sé a lo que se refiere cuando habla en su comentario de este otro personaje situado detrás del teatrillo. Según la teoría titiritera, se trata del llamado "tercer desdoblamiento o tercer proyectante", aquél en el que nos proyectamos muy de escondidas pero muy "vistosamente" si le dejáramos mostrarse -lo que no siempre es posible, por obvias razones del decoro. Este tercer proyectante -por muchos titiriteros llamado "la Caperucita Roja"- gusta mucho de mandar, es expeditivo y a veces recuerda la psicología de los "héroes de bastón", esos que lo resuelven todo a bastonazos. Sólo que sus bastonazos tienen que ver más con la "estocada" que con el "estacazo". El tercer proyectante incide sólo a contrapelo en la representación, aunque a veces puede llegar a distorsionarla profundamente, según su empeño de "estocarse". Y la verdad es que no pocas veces ha habido funciones que han empezado de una manera y han acabado de otra muy diferente, a causa de la acción directa de la dichosa "Caperucita Roja". En fin, su capacidad indicativa (se le suele llamar la "tercera mano del titiritero" o "dedo índice del estómago") a veces puede visualizarse peligrosamente en la faldilla del teatrillo, lo que ha ocasionado algunos apuros a más de algún titiritero -aunque otros lo usan como "truco subliminal indicativo" convenientemente teledirigido a tal o cual espectadora. Espero que con estas explicaciones haya satisfecho sus curiosidades.
Le saludo su amigo titiritero