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viernes, julio 26, 2019

La Iguana


Iguana Verde. Wikipedia. Cy [CC BY 3.0]

Impresionado aún por las imágenes de los bisontes, con sus jorobas peludas y sus siluetas que nos transportan a épocas antiquísimas de la humanidad, tropiezo con un cartel que dice ‘Terrario’. Hum, pienso, aquí debe hacer más calor, y con ganas de protegerme un poco del frío (esta visita se hizo en invierno), entro en un recinto oscuro, húmedo y cálido. De repente, me siento transportado a una geografía tropical, tanto por el olor, que nos hace pensar en una atmósfera putrefacta de selva, como por la acústica, ya que unos altavoces escondidos emiten una banda sonora de pájaros y chillidos selváticos. También noto enseguida la picadura de algún mosquito...

Veo un pasillo y, a ambos lados, una serie de vitrinas donde algunos niños y papás se detienen para observar su interior. Me acerco a una de las ventanas y, asombrado, veo un animal que parece salido de un agujero del tiempo. ¿Pero qué es esto?, me pregunto. Miro arriba y leo: Iguana Negra, América Central. ¡Una iguana! Ya no me acordaba de estos animales que son unos de los más extraños y curiosos que hay en la Tierra. ¿De qué época proceden?... Pregunta que se explica por su estampa arcaica, digna de figurar en un diccionario de bestias inventadas por ilustradores neogóticos amantes de la ciencia ficción. Son reales, sin embargo, y coexisten con nosotros, arrastran con sus cuerpos millones de años de historia del Planeta. Realmente, ¡qué reliquia de nuestra escalera evolutiva es este tipo de lagarto con cresta que parece un dragón, de piel arrugada como si llevara un traje viejo que le viene grande, capaz de llegar a los dos metros de longitud y de vivir hasta los 40 años!

Busco en las enciclopedias y me entero de que en toda Latinoamérica, la Iguana es un animal codiciado por la buena calidad de la carne y por el exotismo de la piel: constituye un plato regional de los más sofisticados en algunos países, y su cacería, prohibida en muchos lugares, los ha puesto en peligro de extinción. Y no sólo peligran por la cacería: cada vez disponen de menos hábitats adecuados para vivir, debido a la urbanización y a la deforestación galopante de estos países. ¿Tan importante es la iguana?, preguntarán algunos escépticos. Yo creo que sí. Unos animales tan antiguos, salvajes y tranquilos, que pueden convivir con los humanos y con otros compañeros de Reino (gatos, perros, monos, gallos...), que muestran un talante abstraído, distante y pacífico, independientes y concentrados en su mundo, no hay duda de que constituyen un modelo de comportamiento de lo más interesante e inspirador.

De hecho, en muchos hogares de la clase media americana la Iguana se ha convertido en un animal de compañía o "pet" estándar. El problema es que la mayoría viven encerrados en pisos y rodeados de niños mal educados y otros "pets" de lo más impertinentes que les hacen la vida imposible. Parece ser que cuando empiezan a crecer -ya se ha dicho antes que las iguanas pueden llegar a medir hasta dos metros-, devienen seres engorrosos que ocupan demasiado lugar, de modo que sus deshumanizados "papis" acaban lanzándolos a las cloacas o abandonándolos en cualquier esquina -esto si antes no lo han despachado de un tiro y se la han zampado.

Creo que la iguana, como el asno, la tortuga o el mismo cabrón, es un inmejorable animal de compañía, pero para una época futura de la humanidad, no en las actuales condiciones de estupidización masiva de las poblaciones. Su función básica será suministrar a los compañeros de convivencia sofisticados modelos de embeleso, de concentración y de lentitud vital, sobre la base de una emotividad finísima propia de los animales de sangre fría. Se le puede considerar también como un clásico catalizador para la práctica meditativa que busca la conciencia del tiempo: la iguana, por su condición de fósil vivo de las primeras etapas de la evolución, es una imagen arquetípica del tiempo que pasa y no pasa, tiempo que deja su huella en los cuerpos de seres que nacen y mueren a lo largo de los siglos, cuya piel muestra los rastros de su surcar los milenios. Desde el punto de vista meditativo, la iguana nos habla también del vacío esencial lleno de todo: su legendaria inmovilidad se puede romper en cualquier momento por un gesto o un movimiento rápido y enérgico lleno de vitalidad. Su mirada, asimismo, que parece perdida en los espacios de la memoria genética del Tiempo, está cargada de una extraña potencialidad siempre a punto de explotar. En este sentido, responde a unos mecanismos que tienen que ver con los movimientos telúricos de la tierra, sísmicos y volcánicos, de los que nunca se sabe cuándo se pondrán en acción.

Trazas y arrugas convierten a la iguana en un exotismo filosófico que nos mira con los ojos húmedos de los saurios. Bajo su capa de piel arrugada y todoterreno, ¿qué pensarán? Poca cosa, seguramente, pero la profundidad de esta "poca cosa" debe ser abismal. Conseguir hablar con una iguana, se entiende que en su condición no libre sino de cautiverio, que es cuando los animales hablan, debe ser una de las experiencias más apasionantes del futuro que nos espera. Debido al vidrio grueso que nos separa de ellas, en el Terrario no pude establecer ninguna conversación digna de este nombre, más allá del buen día y del adiós muy buenas. Más que hablar, tal vez se trate de aprender a pensar como ellas...

Saurios... También nuestro querido lagarto pertenece al suborden de los saurios, a pesar de no tener los vistosos atributos de arcaísmo que tienen los iguánidos. Nuestra lagartija mediterránea no es lo suficientemente exótica como para merecer una residencia en los zoológicos. Y, sin embargo, contemplarlas mientras toman el sol por la mañana, medio dormidas aún, es una de las experiencias más placenteras y extrañas que tenemos los que nos gustan estas cosas. Las veo encima de una piedra cambiando repentinamente de posición, y se diría que son segmentos de la piedra que han tomado vida y se mueven empujados por el calor del día. La finísima cola les da además una tonalidad grácil y sutil, de refinada elegancia. Tienen los reptiles, por su proximidad con el suelo sobre el que se mueven, una apariencia exterior que parece hecha de piedra, arena y pigmentos minerales. Debe tratarse de un efecto de mimetismo con el entorno, que los pinta con los colores y la textura apropiada para sentirse cómodos. Es lógico que estos animaluchos, que deben ser de los primeros que emergieron de los mares y empezaron a arrastrarse por el suelo, se hayan reflejado profundamente en su hábitat, como más adelante hicieron algunos que empezaron a trepar por los árboles y por las hojas adquiriendo el color verde. Cocodrilos, tortugas, lagartos, camaleones, iguanas... Los saurios, silenciosos y ectotérmicos, son, por lo general, una familia de animales fríos y distantes, pero entrañable para los humanos -salvo los cocodrilos, que a más de alguna señorita y señorito se han tragado-. Quizás no tienen muy buena prensa, pero los entendidos en animalidad conocen de sobra los valores silenciosos y más bien ocultos, por no decir ocultistas, de estas bestias, ¡que además cazan mosquitos! Para nosotros, unos vecinos a los que se les puede dejar la puerta abierta.

martes, julio 23, 2019

Los bóvidos


Acuarela de Gustave Moreau: El rapto de Europa (L'enlevement d'Europe), ca. 1869.


Hemos hablado de dignidad en el capítulo anterior de Animalia. Una palabra importante cuando tratamos con animales. En efecto, en la relación entre los humanos y los demás compañeros de Reino, creo que la palabra dignidad ocupa un lugar esencial.

Dignidad: calidad de digno, respetabilidad, corrección, amistad distanciada. Sin respetar la dignidad de los animales, nos volvemos indignos e irrespetuosos: o demasiada cercanía o indiferencia desdeñosa. Sin duda el efecto espejo es aquí aplicable: tratar sin dignidad a los animales es el simple reflejo de nuestra falta de dignidad en la relación con nosotros mismos y con nuestros vecinos de especie.

Los antiguos cazadores tenían siempre en cuenta estos aspectos: la presa buscada era un animal sagrado para cuya captura había que pedir permiso al espíritu de la especie a través de sofisticados ritos. También los rituales del matrimonio escenifican la necesidad de establecer un reconocimiento cualitativo de dignidad entre las personas antes de juntarse en una unidad de convivencia o de reproducción. La dignidad es reconocer el linaje, la soberanía y la libertad del otro, sea este animal o persona humana. Una persona digna tratará siempre con dignidad a sus vecinos. Por desgracia, podemos decir que la modernidad y el progreso han apartado nuestra especie del principio de Dignidad. La razón hay que buscarla en la borrachera de grandeza que los éxitos del Progreso han causado. El impulso depredador se ha disparado de un modo aberrante hacia todo lo que nos rodea: fauna, botánica y sociedad humana.

Respecto a los animales, la expresión más evidente de esta pérdida de dignidad se encuentra en la actual industria alimentaria: granjas mecanizadas y mataderos. Las evidencias son bastante obvias y no cansaré al lector con los detalles, desagradables hasta lo indecible.

Si me he extendido en hablar de dignidad es porque toca hoy centrarnos en los bóvidos, una de las familias de animales que para mí encarnan con más relevancia las cualidades de este concepto. Toros, bueyes, vacas, bisontes, búfalos ... Todos ellos armados de poderosos cuernos y a la vez pacíficos rumiantes que se alimentan sólo de hierba. Animales grandes, extraños y enigmáticos como pocos, pero a la vez capaces de embestir cuando se enfadan y se sienten en peligro. Mansos y cargados de pacífico orgullo, elegantes y majestuosos, poderosos por el volumen de sus carnes y la potencia de sus músculos, tranquilos y silenciosos. No es de extrañar que desde siempre hayan captado la atención del ojo humano, desde los pintores rupestres del Paleolítico Superior hasta las incipientes sociedades neolíticas, que tuvieran al toro como una de las primeras divinidades. En muchas mitologías representa la energía sexual. Símbolo de vida, de potencia y de fecundidad.

En las fabulosas pinturas de Altamira y de Lascaut pasando por los asentamientos neolíticos de Siria y Palestina hasta la tauromaquia cretense, los bóvidos de esplendorosas cornamentas han sido el centro de un culto que mezcla estupor, respeto y veneración. No en vano Zeus se convierte en toro para conquistar y raptar a Europa. Y en Creta, Pasifae, esposa de Minos, se mete dentro de una carcasa de vaca, obra de Dédalo, para poder copular con el toro blanco del que se ha enamorado. El hijo de este amor fue el Minotauro, mitad hombre mitad toro. Se puede decir, por lo tanto, que durante larguísimas etapas de la historia humana, vacas y toros han sido las bisagras estéticas de nuestra relación con los Dioses y sus representantes en el Reino Animal, relación basada en el respeto a la dignidad del otro.

Pasifae. Escultura de Óscar Estruga, realizada en cobre. Playa de Adarró, Vilanova y La Geltrú.

Un testigo arcaico de esta relación centrada en la dignidad lo encontramos en la India, donde vacas y toros son tratados como animales sagrados, disfrutando del derecho a pasear tan ufanos por las calles de las ciudades, en medio de la gente y del tráfico más feroz, como yo he podido comprobar en persona. En España, lo encontramos en las Corridas de Toros, que curiosamente los supuestos defensores de los animales quieren eliminar. ¿Quizás porque las encuentran "indignas", confrontadas con la industria alimentaria de nuestros días?... ¿No sería mejor preservar esta reliquia todavía viva de épocas antiguas que nos habla de respeto y de dignidad, a pesar de su carácter violento de rito de sangre y de muerte, y concentrarse en el trato realmente indigno que se tiene para con las vacas, toros, cerdos y pollos?

Volvamos a los bóvidos y veámoslos encerrados en los reductos que el Zoológico les ha reservado. No hay muchos. Pasa un poco como con los perros: los tenemos demasiado cerca. Tener toros de lidia sería una incongruencia, cuando estas nobles fieras ya disponen de amplios espacios donde poder verlos y admirar. ¿Vacas? Hay una en la Granja para familias, más como juguete para los niños que animal realmente enjaulado. Sólo falta que le pongan una falda y sostenes. ¿Toros? La avidez de nuestra industria no vería lógico perder dos o tres toneladas de carne. El Zoo muestra a los más exóticos y cumple así con su vocación de recuperar especies en peligro de extinción: antiguos bisontes europeos salvados de milagro de la desaparición y los llamados "búfalos enanos" de piel rojiza que sobreviven en las selvas lluviosas africanas, también situados al borde de la extinción.

En nuestra mirada, sin embargo, pondremos no sólo a los que están encerrados en el Zoo sino también a las vacas, los bueyes y los toros que pastan tranquilos por los prados. Lo primero que nos sorprende es la independencia y la distancia que muestran hacia sus observadores. Mientras ciervos, simios, canguros, osos, focas, caballos y burros acuden solícitos a quienes les dan cacahuetes, un plátano o patatas fritas, los bóvidos nos ignoran solemnemente. Curioso que siendo unos mamíferos tan representativos de la clase de los cordados a la que pertenecemos, bien provistos como están de generosas glándulas mamarias, no manifiesten uno de los rasgos característicos de este grupo de animales, como es su capacidad de empatía emocional.

Los bóvidos, al menos para este observador, son independientes, distantes y solitarios, y pese a gustarles ir en rebaño, se tienen por seres autónomos poco sentimentales: rebufan y a veces se enfadan mucho. Son animales a los que es mejor no buscarles las cosquillas, ya que pueden tener respuestas poco amigables. Creo que esta es una de las razones de la veneración que despiertan: nos admiran sus cualidades de brutos autónomos, cargados de noble poderío, que puede convertirse en feroz belicosidad cuando se les molesta o se los priva de libertad. Así somos nosotros o nos gustaría ser: libres y poderosos, y capaces de defendernos con fuerza y ​​orgullo cuando nos atacan. La diferencia es la emoción mamífera, escasa en los bóvidos y exagerada en los humanos, la cual nos hace temerosos la mayoría de las veces, y valientes en casos excepcionales.

Conocida es la legendaria ferocidad del toro de lidia, capaz de embestir de frente un tren en marcha como ha sucedido más de una vez. Esta ambivalencia de animales que son a la vez mansos y feroces ha sido fuente de admiración y base de todas las tauromaquias conocidas de la historia. En cuanto a los protegidos de la India, donde conviven en las mismas calles de las ciudades con sus habitantes, sean humanos o de otras especies, es providencial su pacifismo aunque de vez en cuando sorprendan a sus adoradores con inesperados golpes de genio. Más de un enfado cornudo vi yo por las calles de Ahmedabad, cuando visité hace años esta ciudad de la India, la capital de Gujarat.

 
Rapto de Europa. Mosaico romano, Museo Romano de Arles, Francia.
Volvamos al tema de la Dignidad y observemos de nuevo la grandeza majestuosa de estos animales coronados. Impresionan por la masa de sus carnes y la potencia de su fuerza pero sobre todo por la corona de la cornamenta, quizás no tan elegante como las de algunos cérvidos, de diseños espectaculares, pero capaces de expresar la serenidad de su coronación áulica, de reconocida dignidad mitológica. De algún modo indican los límites de una grandeza mediana, superior a los demás animales de cuatro patas, pero inferior a la de los mamíferos gigantes, obligados estos a desarrollar colmillos en el caso de los elefantes o los antiguos mamuts, o cuernos en la nariz en los fantásticos rinocerontes. Los bóvidos ocupan respecto a nosotros un espacio intermedio, próximos a la altura humana y lejos de las excentricidades gigantescas de la evolución animal. Y es sin duda esta medianía la razón de ser tan cercanos y queridos, y a la vez tan admirados y temidos por su fuerza y ​​su ornamentación cornuda.

Pertenecen también al gremio de los filósofos y no sólo los encarcelados en el Zoológico: verlos libres en los prados de las altas montañas inmersos en profundas meditaciones así nos lo hace pensar. La razón hay que buscarla en el hecho de ser animales rumiantes: mastican siempre dos veces lo que comen. Es decir, más que comer, "rumian" su alimento. Este doble tiempo en la alimentación abre el espacio de una meditación que los humanos no tenemos. Quizás a la larga una buena cosa para la evolución de nuestra especie sea aprender la lección y convertirnos en rumiantes: nos obligaría a estirar el tiempo alimentario que a la vez nos extendería el mental por obligación biológica. Y con una ventaja: mientras rumiamos, estamos tranquilos y despiertos, y no nos peleamos. De momento, contemplar la lentitud casi beata de estos animales reflexivos nos ayuda a estirar nuestro tiempo de omnívoros depredadores siempre a merced de nuestra hambre compulsiva. Lecciones que los bóvidos nos ofrecen gratis en los campos y a precios asequibles, que deberían ser más populares, en el Zoológico.

Atención, no sólo los bóvidos son rumiantes. También lo son los cérvidos, los jiráfidos, el carnero, las cabras selváticas, los búfalos y los antílopes. Como puede comprobarse, las universidades donde estudiar su ciencia son muchas y la mayoría están a nuestro alcance (¡unas 250 especies!).

Por último, diríamos que los bóvidos constituyen una familia de animales entrañables y a la vez enigmáticos, estéticamente muy poderosos y simbólicamente asociados a la cultura humana desde épocas inmemoriales. Creo que el devenir no les dejará aparte y que nos puede conducir a gratas sorpresas del todo inesperadas, cuando en las futuras facultades de filosofía profesores mixtos hombres-toro o mujeres-vaca, a modo de insólitos minotauros del saber, nos enseñen a pensar de verdad según las más avanzadas leyes del rumiar vacuno. Tiempo al tiempo ...

miércoles, junio 19, 2019

El perro

Mosaico romano. Foto Wikipedia.

Estoy seguro de que más de alguno habrá pensado: este señor se entretiene con animales muy interesantes, sí, pero poco esenciales y muy periféricos respecto a nuestra especie. ¿Para cuándo una mención al perro, el animal más cercano y amigo del hombre, que comparte con nosotros casa y a veces una intimidad que supera la de la relación de los humanos entre sí o la del hombre con la mujer?

Quizás tenga razón este lector y toque ahora encararse con el amigo por excelencia y más antiguo de los humanos, ya que se calcula que nos acompaña a cazar desde el Paleolítico Superior como mínimo, es decir, durante los largos milenios que vivíamos subiendo y bajando paralelos a remolque de las glaciaciones, siguiendo los rebaños de renos y viviendo en cabañas y a veces en cuevas, donde los más osados se introducían para pintar en agujeros recónditos, bisontes, mamuts, ciervos... ¡Más de cuarenta mil años de convivencia! Y seguro que cualquier día encontraremos vestigios de una relación aún más antigua, tal vez incluso los perros acompañaban a los Neandertales, nuestros hermanos primos de la evolución, y porque no a los mismos australopitecos, o a la Eva Lucy, o a los más antiguos primates de la rama de los homínidos.... Se podría decir aquí que los orígenes de esta amistad se pierden en las brumas del pasado o, más concretamente, en los albores de nuestra historia.

Sí, un gran amigo de los humanos y, por eso mismo, un animal que hay que mantener a raya, como ocurre también entre nosotros mismos, o entre los componentes de un matrimonio o de una familia, ya que como dice el refrán, ‘a perro que no conozcas, no le espantes las moscas’, o ‘el que se acuesta con perros, amanece con pulgas’, o ‘cojera de perro y lágrimas de mujer, no son de creer " o "Gruñido de perro, berrido de niño, ronquido de hombre: tortura de mujer", etc.

En el Zoológico no hay perros. Se entiende, el público no aceptaría ver este animal tan humano encerrado en una jaula. Nos encontramos aquí ante la bestia a la que los humanos más nos hemos proyectado, especialmente en las dos últimas centurias, desde que la familia ha empezado a menguar y los problemas de soledad de muchos individuos se han solucionado a través del animal de compañía por excelencia: el perro. Animal de compañía... Una fórmula que define una profesión, un carácter, un estilo. Hay otros: el gato, el periquito, el canario, el loro... Pero por encima de todos, el perro. Ya antes he postulado el burro como el animal de compañía del futuro, pero me temo que aún estamos muy lejos para aceptar estas sofisticaciones del devenir... De momento, nos tendremos que contentar con el perro.

Animal de compañía... Esta extraña profesión, de las consideradas nuevas y modernas, muy urbana, pertenece al sector de los servicios, junto a los camareros, limpiadores, logísticos hoteleros y de los viajes, acompañantes femeninos y masculinos, basureros, conductores de tranvías, metros y autobuses, programadores de teatro, titiriteros, empleados de banco... Creo que en un futuro no muy lejano, este puesto de trabajo estará muy solicitado por animales de todo tipo, incluidos los humanos, se hayan o no mezclado genéticamente con otras especies del Reino. Ya empiezan a haber "personas de compañía", de momento centradas en la gente de cierta edad, pero estoy seguro de que pronto comenzarán a salir "hombres y mujeres de compañía" que se ofrecerán para maridos y esposas, con unas cualidades y unas prestaciones de servicio similares a las del perro -fidelidad, alegría de recibimiento, compañero de paseo, vigilancia de casa, etc- más las normales de la vida íntima y del hogar.

No cabe duda que esta nueva modalidad de personas de servicio acabará con las crisis matrimoniales, ya que las parejas dejarán por obsoletas las frágiles bases amorosas y las sustituirán por sólidos contratos laborales de convivencia, claros y explícitos, bien regulados por la ley. El amor quedará así desplazado a otras franjas de la vida, como ya hacían los antiguos griegos, que nunca mezclaban espacios y funciones tan diferentes, con la diferencia de que ahora esto será factible tanto para los hombres como para las mujeres. Para terminar este tema, indicar sólo como el futuro nos traerá seguramente figuras genéticamente modificadas del tipo "hombre perro" o "mujer perra" de compañía, las cuales cumplirán sus funciones con unas cualidades de prestación de servicio a años luz de las actuales.

Mientras tanto, sin embargo, tenemos al perro y los necesitados deberán satisfacerse con su compañía en espera de que el futuro saque las orejas por el horizonte. ¿Es una limitación? Si nos olvidamos del futuro y volvemos a nuestra realidad presente, veremos que sus virtudes siguen siendo tan altas y poderosas como siempre lo han sido. Por mucho que el tópico nos lo quiera refregar por la cara una y otra vez, lo cierto es que el amor entre un perro y su dueño puede llegar a ser tan intenso como verdadero. Conocida es la frase de que los perros aman con más fidelidad que las personas. Lo he visto en múltiples casos y es una verdad irrefutable. También he visto perros que, reflejados en dueños de malsanas intenciones, son capaces de arrancar una pierna al primero que se le acerque. En este sentido, es evidente que la certeza científica de que todos los perros provienen del lobo cobra de vez en cuando su prenda, para bien y para mal. El elemento salvaje y agreste existe, todos los perros llevan su "bestia" dentro, y no se os ocurra acercaros a su plato de comida. ¡Son animales, qué caramba, como nosotros! Pero por regla general, podemos asegurar que el trato con los perros conlleva un balance positivo, placentero y gratificante. A él nos debemos atener, pues, para ser justos con esta especie tan entrañable como curiosa.

Curiosa sobre todo por la variedad de formas que presenta. Aquí de alguna manera nos hemos avanzado increíblemente al futuro, cumpliendo al pie de la letra esta posibilidad de modelar a nuestro gusto, capricho y necesidad, las formas vivas de la existencia. ¿Queremos un perro que sirva para cazar conejos? Aquí lo tenemos. ¿Un para localizar trufas en el bosque? Yo he visto más de uno. ¿Otro para luchar y controlar los rebaños de toros? Ahora se pasean tan tranquilos por la Rambla. ¿Uno para pastorear rebaños de corderos? Los hay en abundancia. ¿Uno que se meta por los agujeros donde se esconden los zorros? En Inglaterra no paran de trabajar. Y no se distinguen por el color del iris de los ojos, o por el color de una pata o de la cola, sino por la forma entera del animal, ya que muy a menudo los diferentes tipos de perros son tan y tan distintos entre sí, que diríase que se trata de especies separadas: unos cercanos a las ratas, otros a los lobos, estos a los cerdos, los demás a los osos o a las salchichas... Y no es así, ya que dos perros, sean de la raza que sean, pueden siempre cruzarse entre sí y tener descendencia, la cual será una mezcla formal de los dos originarios. ¿No es esto una maravilla? ¿Y no es un aviso para navegantes del futuro de lo que nos puede pasar a nosotros, los humanos, si continuamos con nuestros experimentos? Creíble y desconcertante...

En esta cuestión de la multiplicidad de formas, hay gustos para todos. Uno ve por la calle dueños paseando perros tan diferentes entre sí, que maravilla la variedad de gustos y de amores que puede haber en la sociedad humana. Desde siempre, esta variedad ha inspirado a fotógrafos, dibujantes y caricaturistas, que han encontrado relaciones bien insólitas entre hombre y perro. El repertorio es muy extenso y remitimos al interesado a las enciclopedias y a los tratados existentes sobre este asunto.

Regresemos nosotros al Zoo y veamos cuáles son los perros que los empleados municipales han puesto en él. De entrada, hay lobos. De ellos proceden todas las estirpes, por exóticas que sean. Es interesante fijarse en el lobo, padre de esta gran familia de criaturas de la Tierra. Tiene a la vez un aire noble y un aire innoble. Impresiona por su fisonomía salvaje, pero a la vez parece que mira de reojo, que tenga siempre algo que ocultar, como si estuviera tramando desde una doble personalidad alguna jugada. Su mirada ambigua muestra signos de mala conciencia. Absurdo, ya que sabemos muy bien que los animales no pueden tener mala conciencia, pero no puedo evitar verlo así. Este gesto también lo he visto en los perros, cuando saben que han cometido alguna fechoría y disimulan removiendo la cola y arrastrándose por el suelo, manteniendo la distancia. ¿Será este germen extraño de mala conciencia, ya presente en los lobos, lo que los acercó a los humanos? En este aspecto, nos parecemos mucho, aunque ellos nos ganan en arrepentimiento y en la gestualidad que le corresponde.

Miremos, por ejemplo, un perro lobo. Se trata de una de las modalidades más nobles y elegantes de la especie. En el Zoo no lo tienen, ya que nadie comprendería que un animal de tan altas cualidades "humanas" estuviera encerrado en una jaula, cuando podría encontrarse en libertad y sirviendo para alguna tarea de servicio público. Yo, la verdad, los prefiero sin especialidad, sobre todo las de tipo vigilancia, ya que no hay nada más angustioso que ver a uno de esos perros que llevan los policías fronterizos o los vigilantes de metro, siempre atados y olisqueando, cabizbajos y con muy poca bonhomía, aunque seguramente deben ser muy buenas personas. Otra cosa son los adiestrados a guiar a las personas ciegas: aquí realmente uno queda admirado y sorprendido de la sabiduría, la paciencia y el buen corazón de estos animales, que parecen compartir con el dueño sus apuros y necesidades más íntimas.

Quiero citar también a un perro lobo que tenía un vecino mío en un quart de casa de la Barceloneta donde viví una temporada, por el inmenso recuerdo que guardo de él. Provisto de una estampa noble y poderosa, aquel perro lobo, que parecía estar destinado a ser un general de perros por no decir un rey o al menos un mariscal de campo, era de un talante pacífico, tranquilo, amable y solícito como nunca he visto en ningún animal. Cuando veía a una persona, se apartaba de la estrecha acera para dejarla pasar. Cuando jugaba con un cachorro o un perro faldero de estos pequeños y diabólicos, lo hacía con una docilidad y un cuidado increíbles para no hacerle daño y casi se podría decir, para no ofenderle con su superioridad física. Todos sus compañeros de especie lo apreciaban mucho, supongo que debido a estas virtudes, y por eso siempre venían a importunarle y a jugar con él. Pero esta humildad nunca le quitaba dignidad, al contrario, lo revestía de una categoría aún más superior, la que se desplegaba en todos sus atributos cuando yacía relajado y filosófico en la calle, indiferente a los coches, a los niños, a las pelotas y a las personas, pensando sin pensar, dejando simplemente al tiempo pasar mientras respiraba la magnitud de su grandeza. Aquel perro todavía se encuentra en su sitio, cada día más viejo y más sabio, seguramente con ansias de dejar este mundo que no está hecho para él, demasiado ruidoso e histérico. Y cuando se vaya al otro barrio, lo hará sin duda con la misma discreción y amabilidad con la que ha vivido durante toda su vida. Tan digno me parece este animal, que cuando voy a la Barceloneta, lo busco para saludarlo y despedirme de él, consciente de que se trata de un ser superior, a mucha distancia de sus vecinos tanto perros como humanos.

También es curioso constatar como los perros se acercan a la psicología de sus dueños, hasta el punto de compartir sus obsesiones y sus sentimientos más íntimos. Un amigo mío de estos inquietos y nerviosos que seguía comiéndose las uñas a los cincuenta años, tenía un perro pequeño y lanudo, uno de estos hiperactivos que parecen señores ingleses con bigote, debido a los pelos rubios que le cubren el cuerpo y la cabeza. Tenían una relación muy buena, salvo una costumbre que el perro había cogido cuando se encontraba solo en casa: mordisqueaba todos los muebles del comedor. Mientras uno se comía las uñas, el otro se comía los muebles. No había otra explicación. Tuvo que traspasarlo a otro amigo que no se comía las uñas, y el perro de inmediato dejó de roer sillas, patas de mesa y sillones.

Y ya que hablamos del perro, deberíamos mencionar a la hiena, que tanto se le acerca a pesar de pertenecer a la especie de los hiénidos (aunque también pertenece a la familia de los cánidos) y estar dotada de unas cualidades mucho más indignas e indecorosos que los lobos. Se diferencian de estos por la mezquindad y los atributos negativos que se les supone, que manifiestan con las siniestras carcajadas que han hecho famosa a esta especie. Ríen y comen carroña, las malas bestias, en compañía de los buitres y otros bichos desagradables, una vez los esforzados cazadores han abandonado sus presas. En el Zoológico dan un poco de pena, ya que su maldad no puede manifestarse en toda su grandeza, al no poder disputar y robar carroñas por el mundo. Por eso aparece siempre con el rabo entre piernas, escarnecida y sin ganas de reír.

En el Zoo de Barcelona hay también unos cuantos licaones, una especie de perros salvajes cercanos a los lobos, pero dotados de unas formas nobles y elegantes. Habitan en el sur del desierto del Sahara y muestran una gran inteligencia en la caza, con estrategias de grupo muy avanzadas de persecución y ataque. Por desgracia, y como sucede con los lobos, se encuentran en aguda fase de extinción, y creo que es una de las especies que los Zoos pueden acabar salvando para el devenir.

Para terminar este capítulo del perro, sólo nos queda hablar de los rasgos que nos parecen más distintivos y particulares de esta especie. Olvidémonos del lobo, que ya hemos tratado y definido suficientemente, y contemplemos un espécimen cualquiera de perro, sea pequeño o grande, indigno, noble o faldero. Sorprende su respiración rápida, lo que le hace sacar la lengua a menudo y le da mucha sed, sobre todo cuando ha corrido un rato. Una actividad pulmonar que creo está en la base de su reconocida bondad. A diferencia de los gatos y de los felinos, que pueden tener uñas poderosas y agresivas, las patas de los perros son inofensivas, aunque los ejemplares más grandes pueden llegar a tener mucha fuerza y arañar un poco. Muerden y pueden hacer mucho daño, eso es cierto, pero por alguna razón y por regla general, prefieren oler antes de morder, es decir, ponen un elemento reflexivo por delante del agresivo. Se lo miran, se lo huelen y se lo piensan. Sin duda su olfato poderosísimo tiene que ver con esta tendencia a la reflexión.

Pero quizás lo que más les diferencia de los otros animales es la mirada. Sus ojos suelen ser atentos, expresivos, solícitos y llenos de empatía. Quiere decir esto que son capaces de comprender y asimilar emociones a través de la mirada, como tantas veces hemos podido comprobar nosotros. Se ha descubierto recientemente que los perros, a diferencia de los lobos, tienen unos músculos que les levantan la parte interior de las cejas, para inspirar ternura en los humanos. El músculo, llamado levator angular oculi medialis o LAOM (i), se habría desarrollado recientemente y se explicaría por la interacción con nuestra especie. Un truco de mimetismo que buscaría un parecido con la mirada de los niños, de ojos muy abiertos.

Por cierto, su capacidad mimética me lleva a recordar a un perro que tuve una vez, hace muchos años de ello, que se llamaba Feixuc y que aullaba cuando yo tocaba la flauta. Era una respuesta automática, podía pasarme media hora tocando, que él lo hacía aullando. Era como si cantara, con la mirada perdida en el infinito y un aullido aterciopelado que subía y bajaba por la escalera tonal con una cierta sintonía con el sonido de la flauta, mientras permanecía medio acostado y con el morro estirado. Aún lo oigo cuando cierro los ojos y tomo una flauta.

Volviendo atrás y a modo de conclusión, podemos afirmar sin duda alguna que los perros establecen contacto con nosotros a través de los ojos. Una mirada que no quiere imponerse, sino que es atenta, receptiva y mimética. No tienen el orgullo ni la voluntad ni la ambición de lo humano, emociones que desconocen y de las que no recelan. No compiten, por tanto, con nosotros, lo que les abre las puertas al entendimiento y a su sometimiento jerárquico. Una sumisión histórica pero que siempre se ha mantenido dentro de unos límites de dignidad reconocidos por ambas partes. Es decir, amigos del humano pero libres en su espacio y en su dignidad. Algo que hoy no siempre sucede, como todo el mundo sabe.

(i) Ver aquí.